Superar el pasado para sentar las bases de la revolución

Necesitamos que la revolución deje de ser una abstracción y se convierta en nuestra revolución

Decía Karl Marx que “la revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase”, en el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.

Años más tarde, Roque Dalton –aquel que murió empuñando un fusil- escribiría, en un libro rojo para Lenin y bajo el título de sobre los transeúntes de otros caminos:

“Dicen que cuando Lenin se enfrentó
a la ejecución de su hermano Alejandro
(acusado de haber intentado matar al zar),
reflexionó en voz alta y dijo algo como:
<<Ese no será nuestro camino>>.
Para estar seguro de aprender la esencia justa
de esa atribuida reflexión,
debemos recordar
que Lenin no traicionó a su hermano,
ni lo denunció ante las masas como aventurerista y anarquista,
ni lo dejó solo en la montaña enfrentando a todos los enemigos
(porque él hubiera dicho en su momento a los reformistas:
<<Ese no será nuestro camino>>),
ni hizo de las razones contra el camino de su hermano
una bandera contra la revolución.
Yo diría que Lenin asimiló críticamente
la experiencia de su hermano Alejandro.
Y es un hecho que no gozó de su muerte
al mismo tiempo que los asesinos”.

Lenin, aquel que, en la entrevista publicada el 5 de julio de 1920 en Die Rote Fahne, señalaba –como recoge el propio Dalton-, ante la pregunta de si las “enfermedades infantiles” son una expresión del romanticismo revolucionario: “sí, esto es absolutamente cierto. Pero nosotros, desde luego, de ninguna manera podemos prescindir del romanticismo. Es preferible su exceso que su carencia. Siempre hemos simpatizado con los románticos revolucionarios incluso estando en desacuerdo con ellos. Así, por ejemplo, siempre nos hemos abstenido de recurrir al terror individual. Sin embargo, invariablemente hemos expresado nuestra admiración ante el coraje personal de los terroristas, ante su disposición al sacrificio (…)”.

Para sentar las bases de la revolución en nuestro Estado necesitamos, como hicieron antes que nosotras/os quienes nos precedieron y son ejemplo, despojarnos de la veneración supersticiosa del pasado y asimilarlo críticamente, en un sentido amplio: pasado como experiencia revolucionaria en el Estado Español, pasado como experiencia revolucionaria internacional, pasado como doctrina sobre la cual elaboramos la teoría y llevamos a cabo la praxis, pasado como ejemplos personales que encontramos en distintas revolucionarias y revolucionarios.

Necesitamos desmitificar nuestra historia, nuestro pasado, para hacerlo real y poder actuar sobre el mismo. Hace unos días, en Madrid, en el marco de las jornadas historiografía, marxismo y compromiso político en España. Del franquismo a la actualidad de la Fundación de Investigaciones Marxistas se señalaba cómo el franquismo se oponía al estudio materialista y publicación de las obras que esgrimían las razones de la guerra civil española: el régimen fascista, para sobrevivir, necesitaba mantener sus mitos del pasado: la historia, para ser científica, para ser real, necesitaba despojar el pasado de los mitos.

No vamos a renunciar a ninguna experiencia, no vamos a renunciar a ninguna aportación teórica, no vamos a renunciar a nadie de quien podamos aprender un mínimo. Pero vamos a estudiar y a poner cada elemento en su lugar, no vamos a seguir vistiendo con un halo de divinidad ni a Marx, ni a Engels, ni a Lenin, ni a Guevara –ni a nadie-. Son nuestros porque podemos aprender críticamente de ellos, son nuestros porque no vamos a dejar que la burguesía los mitifique y los convierta en algo sagrado y ajeno a la lucha de clases.Naturalmente, y frente a lo que pueda interpretar la izquierda dogmática, acrítica, acientífica y por lo tanto –y como poco- no revolucionaria, desmitificar y, si se quiere, caricaturizar para llevar al campo de lo terrenal a nuestros líderes históricos y poder asimilar las enseñanzas desde una base materialista y no desde el idealismo, no es lo mismo que la ridiculización que pueda venir desde otros sectores sociales.

Nosotras caricaturizamos para hacer nuestros a quienes nos precedieron, para integrarlos en nuestra revolución y hacerlos parte nuestra: caricaturizamos a quienes admiramos, pero que nadie vea, en ello, el menor atisbo de menosprecio.

Nuestra revolución está cargada de alegría y de humor, porque somos revolucionarias, porque sabemos lo que significa, porque no tenemos ningún miedo, porque queremos un mundo nuevo: “la sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos”, en palabras atribuidas a Dario Fo –no tengo ningún ejemplar para comprobarlo-, en entrevista en Magazine, 14 de febrero de 2007.

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