La clase obrera ante los límites del sistema capitalista

Aquí tenéis una reflexión sobre la coyuntura que vivimos. Hay elementos que habría que corregir, otros en los que habría que profundizar… ha pasado mucho tiempo desde que este texto fue escrito. No obstante, tiene algunos elementos interesantes para el debate.

Índice

Introducción

El capitalismo en crisis

La crisis estructural del capitalismo

Los modos de producción

El capitalismo como elemento socio-histórico

El colapso ambiental

El reformismo ante la crisis

El mito del capitalismo bueno

El capitalismo español

Peculiaridades del capitalismo español

El Estado como institucionalización de la subordinación

El Estado como instrumento de clase

España sometida históricamente a los intereses de Estados Unidos y la Unión Europea

La clase obrera y el Movimiento Comunista Español

El futuro de la crisis

Los primeros brotes de conciencia

Epílogo

Bibliografía y fuentes de información

Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean, en forma cada vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad burguesa.

Marx y Engels

 

Introducción

El marxismo es una ciencia: es la más exacta herramienta de cuantas existen para conocer el pasado, analizar el presente, prever el futuro –en la medida en que es posible anticiparse a lo que aún no ha tenido lugar- y transformar la realidad.

Igual que el resto de ciencias el marxismo tiene unos métodos de análisis e investigación propios: el materialismo dialéctico, el materialismo histórico y la economía política. Esos tres elementos, profundamente entrelazados, interrelacionados, forman el marxismo.

Sin embargo nos resulta difícil asumir que el marxismo y sus bases, historia y filosofía –no así la economía-, puedan ser científicas, porque, en primer lugar, no nos educan para ello, y en segundo lugar porque en la sociedad actual hay ocurrencias a las que se les da la misma credibilidad que a las teorías científicas, produciéndonos confusión.

Pongamos un ejemplo: cualquiera puede decir que durante la Guerra Civil ambos bandos mataron (se les equipara en el término, cuando bandos tiene dos significados: grosso modo, ejército sublevado que da un golpe de estado y pueblo que se niega a resignarse y le hace frente), sin que nadie levante la vista ante tal aberración, aunque sea mentira. Lo cierto es que mientras en territorio republicano el gobierno castigó e incluso ejecutó a quienes cometieron crímenes[1], en territorio fascista se pergeñó un auténtico plan de exterminio cuyo objetivo era la muerte de todo aquel que pensara distinto: se equipara la violencia espontánea[2] con la violencia planificada y sistemática propia de un régimen fascista[3].

No son dos visiones del pasado y por lo tanto de la Historia, la Historia es una, los hechos y acontecimientos ocurridos son objetivos, y no dependen de la persona que los cuenta y de su visión y opinión, como se suele decir, sino de que sean ciertos o falsos. Hay, pues, una Historia cierta, científica, ocurrida, y una historia que no es más que un montón de fabulaciones para justificar el presente y decirnos que, fruto de no sé qué hechos, hemos llegado hasta el mejor lugar al que podíamos llegar.

Sin embargo, en contraste con las ciencias sociales, es muy fácil comprender las ciencias exactas: las matemáticas, la física, la química… desde una edad a la que somos capaces de comprender los razonamientos abstractos de estas y otras ciencias nos explican sus leyes y las comprendemos y asimilamos; no se trata, pues, de dificultades en el campo de las ciencias, sino de la voluntad de enseñarlas o no.

No ocurre de igual manera en el imaginario popular con las ciencias sociales, pero si cualquiera preguntase a un historiador si su materia es científica o no este respondería que sí lo es sin dudarlo.

Pero, ¿qué hace que el marxismo sea una ciencia? La existencia, como en el campo de las matemáticas, de leyes. En este caso de leyes sociales: el objeto de estudio del marxismo.

Pongamos un ejemplo sencillo: cuando una gallina pone un huevo este debe dar lugar a un pollo. El pollo, dependiendo de su sexo, será gallo o gallina. La gallina pondrá nuevos huevos –o el gallo buscará una gallina a la que fecundar-. Y morirá. Ese ciclo natural es una ley: debe cumplirse.

Podemos analizar en este ejemplo todos los elementos que situábamos al inicio: conocer el pasado de un pollo y del lugar en el que nació, observar su situación actual y, como hemos narrado, prever el futuro: anticiparnos, en este caso, toda la vida del animal.

Pero a diferencia de las leyes de las ciencias exactas –y no olvidemos sus múltiples excepciones y condiciones para que se cumplan- las leyes naturales y sociales se enmarcan en una multiplicidad de factores que las pueden alterar: puede ocurrir, entre otras muchas cosas, que cojamos el huevo para comérnoslo, o el pollo coja una enfermedad y muera, o echemos la gallina al puchero… y entonces la ley ya no se cumplirá, pero es porque un factor externo ha influido y lo ha evitado: la acción humana o un virus en el caso que hemos expuesto han roto el curso lógico que debía tener lugar: han evitado el desarrollo previsto.

Si el huevo, el pollo y la gallina –o el gallo- viviesen en un mundo –su mundo- perfecto –sin enfermedades ni depredadores- la ley se cumpliría. Y recordemos, insistamos, las constantes puntualizaciones, por ejemplo, de los economistas burgueses alegando a la comprensión de sus explicaciones en un teórico mercado perfecto, que es totalmente irreal e imposible, como es imposible el mundo perfecto de las aves. Aún con todo podríamos hacer un estudio estadístico y tener en cuenta todo aquello que se escapa a la ley natural: el número de pollos que mueren al año por enfermedades, etc… de forma tal que incluso podríamos tenerlo en cuenta a la hora de efectuar un estudio y realizar unas previsiones.

Del mismo modo ocurre con la Historia y con la Filosofía, pero a quienes dirigen la sociedad no les interesa que conozcamos sus leyes.

¿Cómo nos iban a explicar y hacer entender las leyes sociales cuando, objetivamente, necesitan que no las conozcamos? Ni siquiera nos explican realmente las leyes de la economía: se inventan una serie de ficciones para intentar explicar y justificar el sistema económico actual.

Esa es la tarea de la clase social que hace los planes de estudio, y que de vez en cuando remodelan para degradar y degradar el sistema educativo en su conjunto: sería muy peligroso para ellos que comprendiésemos y supiésemos analizar la realidad de forma científica, porque ello conllevaría que nos planteásemos muchas más cosas de las que habitualmente nos planteamos, y que supiésemos que aquello que ha sido, es y será –como tanto les gusta decir para que no cuestionemos ni nos planteemos otro mundo posible-, no siempre fue así, no en todos lugares es así, y no siempre podrá seguir siendo así.

La ciencia de la Historia es el materialismo histórico, capaz de explicar de forma rigurosa el desarrollo de la sociedad humana desde que apareció el primer homínido hasta hoy mismo.

La ciencia de la Filosofía es el materialismo dialéctico: frente al idealismo que nos enseñan y los debates superfluos sobre el concepto de caballo perfecto en el mundo platónico de las ideas hay toda una Filosofía científica capaz de explicar porqué es la realidad tal y como es. Porque ése y no otro es el objetivo de la Filosofía: Platón quería comprender el mundo de las ideas para conocer este. El materialismo dialéctico no es tan pretencioso, no van tan lejos y no busca en mundos idealistas e inexistentes: se limita a explicar, para intentar transformar, este.

Y naturalmente, la economía es algo más que un consumidor insaciable y capaz de comer hamburguesas de forma ininterrumpida durante toda su existencia: son modos de producción, regidos por una serie de leyes, que configuran a la sociedad en gran parte. El mundo no se explica porque una persona lo defina de una cierta forma, por la idea que tenga y lo que piense: es natural darse cuenta de que en el neolítico la organización social tenía que ser otra que durante el feudalismo, y que esta tampoco podía ser la misma que existe hoy bajo el capitalismo, porque no es lo mismo tener que cazar o sembrar y depender por completo de la naturaleza que producir de forma gremial o cultivar para un señor, o, como ocurre en la actualidad, producir a cambio de un salario.

De esta forma, Economía política, Filosofía e Historia se unen por completo formando el marxismo, y son capaces de explicarnos la sociedad y su desarrollo así como prever su futuro.

Por eso el marxismo no está, ni puede estar, caduco. No puede ser superado por la Historia y dejado atrás, porque es un método científico: avanza con la Historia, y con las nuevas tecnologías y conocimientos se hace más riguroso –más científico, cabría decir- y se fortalece. Cada aporte que se hace en el campo de la Economía, la Filosofía y la Historia no hace sino que progrese el marxismo y el análisis científico del conjunto.

Sólo quienes confían en la burguesía, quienes están subordinados ideológicamente y carecen y no son capaces de desarrollar un pensamiento propio pueden pensar que el marxismo está obsoleto.

Desde esta triple perspectiva científica y desde varias de sus ramas como la Teoría Política –al igual que la Historia se apoya en la Arqueología para conocer el pasado, por ejemplo, el marxismo no acaba en las tres ciencias que hemos señalado, aunque estas son su columna vertebral- vamos a hacer una aproximación a la crisis que estamos viviendo en la actualidad y que comenzó en agosto del 2007. Desde entonces los políticos nos han mentido sistemáticamente y la crisis que se negaba cuando estalló ha rebasado ya los cinco años.

Vamos a analizar el modo de producción capitalista en su conjunto: la explicación de la crisis sería incompleta si nos limitásemos a ella misma sin analizar los mecanismos de desarrollo del capitalismo monopolista de Estado: la fase actual del capitalismo.

Observaremos también la sociedad que sufre esta crisis, desde las clases sociales, que se pretendían extinguidas, hasta los instrumentos de la burguesía para mantener su hegemonía, así como las posibilidades de la clase obrera para liberarse de la explotación por sus iguales.

Esta es una explicación del sistema en el que vivimos, de sus crisis, de nuestra sociedad y la alternativa necesaria para el conjunto de la clase obrera y los sectores populares que a quienes nos gobiernan no les gustaría que leyeses. Puede que no sea fácil comprender algún aspecto: es normal, no nos han educado para entender que otra sociedad no sólo es posible sino también necesaria, pero bastará con leerlo con detenimiento para comprenderlo, pues lo que a continuación se expone sólo es la realidad sin disfraces, nada más.

El capitalismo en crisis

La crisis estructural del capitalismo

El sistema productivo capitalista está en crisis: es decir, el modelo socio-económico capitalista, nuestra sociedad, nuestra forma de vivir, está en crisis.

Es por este motivo por el cual se están desvaneciendo derechos sociales, políticos y económicos que costaron manifestaciones, huelgas, incontables sacrificios de la clase obrera: encarcelados, torturados, asesinados. Derechos ganados a lo largo de cientos de años de lucha se están perdiendo a un gran ritmo. En ninguna de las anteriores crisis que se recuerdan sucedió esto, porque el carácter de las crisis era distinto, la correlación de fuerzas entre las clases sociales dominantes y las subordinadas era distinta, y el sistema productivo no tenía las dificultades que tiene hoy para reproducirse.

En un plazo relativamente corto de tiempo, el capitalismo, para mantener su tasa de ganancia y seguir reproduciéndose somete cada vez a condiciones más duras al conjunto de la clase obrera y sectores populares: hoy, el capital tiene dificultades objetivas a la hora de reproducir su tasa de ganancia, esto es, a la hora de sobrevivir como sistema socio-económico, lo que le lleva a tomar medidas agresivas contra la clase obrera y los sectores populares. Y es que cada crisis es más fuerte que la anterior: se cumplen, paso por paso, los análisis de Marx, Engels y Lenin, porque, frente al idealismo burgués y la mera opinión, su caracterización y análisis del capitalismo son científicos. No es, pues, una sorpresa la actual crisis[4], ni las medidas que el capitalismo y sus distintos gobiernos están llevando a cabo.

Las crisis en el sistema capitalista no son ningún elemento novedoso: los propios economistas burgueses reconocen que este sistema de producción tiene crisis cíclicas, esto es, periódicas, y así lo demuestran la experiencia y la Historia.

Podríamos ir más allá: no es que el capitalismo tenga crisis cíclicas, es que sufre crisis de manera ininterrumpida. Lo que ocurre es que normalmente estas crisis son sectoriales y coyunturales: se dan en un sector determinado de la economía o durante un periodo limitado de tiempo -como la crisis del sector del juguete o las crisis en el campo por la coyuntura meteorológica-. Al no ser crisis globales puede que no las percibamos si no nos afectan directamente.

Sin embargo esta crisis no se parece en nada a las anteriores. La diferencia radica en su naturaleza, en que esta es una crisis estructural: no hay un sector de la economía en crisis, es el sistema completo, todos sus sectores están en crisis. Por eso esta crisis no puede compararse con ninguna reciente: sólo con el llamado Crack del 29, pues es una crisis estructural del sistema capitalista que afecta a toda la economía y aunque naturalmente no afecta del mismo modo a toda la sociedad sí que la sufre el conjunto al completo.

El problema actual del capitalismo es que es incapaz de seguir reproduciéndose como sistema económico. El capitalismo se basa en obtener el mayor beneficio con el menor gasto posible: cuando es incapaz de obtener ese beneficio tiene lugar la crisis estructural.

Las crisis cíclicas pueden ser por muy distintas causas. En la crisis estructural lo que está en quiebra es el sistema en sí, sus pilares.

El aumento de la composición orgánica del capital es el que ha originado esta crisis. En la economía es cada vez mayor la inversión en capital constante –en locales, materias primas, maquinaria…- que en capital variable –fuerza de trabajo, esto es, trabajadores-.

La tasa de la composición orgánica del capital la obtenemos con la siguiente fórmula: Composición orgánica del capital=Capital constante/capital variable. A mayor es la composición orgánica del capital, mayor es el capital constante en relación al capital variable, y más dificultades tiene el capitalismo para poder seguir reproduciendo su tasa ampliada de ganancia, para poder seguir obteniendo beneficios.

El problema del capitalismo es que el capital constante es cada vez mayor. La economía capitalista se caracteriza por la competitividad, esto quiere decir que es necesario invertir en capital constante para poder seguir produciendo y mantener la cuota de mercado: si una empresa no invierte quedará obsoleta y habrá otra que produzca más en el mismo tiempo, con lo cual será más productiva y acabará expulsando a la otra del mercado.

Así pues, en la economía capitalista las empresas necesitan constantemente innovaciones tecnológicas: máquinas que produzcan más y mejor en menos tiempo. Además, normalmente las nuevas máquinas suponen que sean necesarios menos trabajadores, con lo cual no sólo aumenta el capital constante sino que disminuye el capital variable. Esta es la tendencia del sistema capitalista: la tasa de composición del capital orgánico se hace cada vez mayor.

Y, paradójicamente, lo único que genera beneficios, plusvalía, es el factor trabajo: al ser cada vez menor el factor trabajo, cada vez son menores los beneficios del empresario. El sistema capitalista, que se basa en obtener el máximo beneficio, se colapsa.

Los beneficios de las empresas son tiempo de trabajo que no se paga. Pongamos un ejemplo para verlo claro. Un carpintero que recibe un salario de 800 euros mensuales. El carpintero es capaz de hacer una silla cada hora, lo que supone ocho sillas al cabo de su jornada laboral. Si trabaja de lunes a viernes hace 40 sillas semanales (ocho al día durante cinco días). En un mes, aproximadamente en 20 días laborables, el carpintero hará 160 sillas. Si cada silla se vende a 10 euros el carpintero ha producido sillas por 1600 euros. Pero sólo recibe 800. He ahí la plusvalía, que es el tiempo de trabajo que no se le paga, que se le roba, al trabajador. En nuestro ejemplo el carpintero trabaja la mitad de tiempo para él, la otra mitad para el empresario. Y todos estaremos de acuerdo en que con la tecnología que hay hoy se produce más de una silla por hora, hay meses en los que se trabajan más de veinte días y las sillas no se venden a sólo diez euros: la apropiación del trabajo de la clase obrera que hace el empresario es cada vez mayor.

El ejemplo es ilustrativo: es del factor trabajo, del capital variable, de la explotación del trabajador, del tiempo no pagado, de donde se extrae la plusvalía, no del capital constante.

De esto se desprende que si aumentamos el capital constante, y además disminuimos el capital variable, el capitalismo no tendrá de dónde extraer la plusvalía, y por lo tanto colapsará, como de hecho ha colapsado.

Esto es lo que se llama la ley de la tendencia decreciente del capitalismo.

Conforme más avanza la tecnología más cara resulta esta, pero el capitalismo se ha podido desarrollar hasta la actualidad: el paso del serrucho a la sierra eléctrica fue fácilmente asumible por el capitalismo, pero las nuevas máquinas tecnológicas le suponen un obstáculo: son cada vez más caras, con lo que es necesario extraer más plusvalía para amortizarlas, de forma que cada innovación técnica en lugar de repercutir en mejores condiciones laborales supone, para el capitalismo, una necesidad de mayor tasa de explotación.

El capitalismo es, por lo tanto, un sistema en el que la innovación y el desarrollo en lugar de ser beneficiosos se convierten en un problema. Además, como cada vez son menos los que pueden adquirir las nuevas máquinas las empresas más pequeñas pierden cuota de mercado y entran en riesgo de quebrar y desaparecer: esto es lo que los marxistas denominamos proletarización de la pequeña burguesía, de los trabajadores que invirtieron en el capitalismo y no compiten en igualdad con las grandes multinacionales y que, finalmente, son expulsados del sistema productivo.

De aquí se desprende otro hecho: cada vez son menos las empresas, sólo las que más plusvalías generan -las que más explotan, las que más tiempo de trabajo no pagan a sus empleados- pueden permanecer en el tiempo, con lo cual se produce un proceso doble: por un lado se acumula el capital –cada vez tienen más las empresas que sobreviven-, por otro lado se concentra el capital –cada vez son menos las que evitan su desaparición y siguen funcionando-. Esto es el proceso de acumulación y concentración capitalista, y es el hecho por el cual la riqueza está en manos de unos pocos que cada vez son menos, y cada vez tienen más riqueza, es decir, que los ricos son cada vez menos pero son más ricos. Y la clase trabajadora, a la que se convierte la pequeña burguesía que no puede competir, es cada vez mayor: esto implica que cada vez hay más trabajadores y tienen menos riqueza, son más pobres.

Esto es lo que estamos viendo en la actual crisis: menos riqueza por parte de la clase obrera –aumento del paro, disminución de salarios, de ayudas por desempleo…- supone al mismo tiempo menos dinero para consumo. Y menos consumo significa que las empresas no venden –las más grandes no sufren del mismo modo, incluso ganan, porque las más pequeñas van quebrando y las grandes se quedan con sus cuotas de mercado- y tienen que cerrar, con lo que se producen nuevos despidos, disminuyendo así el poder adquisitivo de estos trabajadores, que tendrán menos dinero para el consumo…

El sistema capitalista por lo tanto es incapaz de resolver la crisis, que cada día es más aguda y golpea con mayor fuerza a la clase obrera, el campesinado, los sectores populares y la burguesía no monopolista.

No nos encontramos, por lo tanto, ante una estafa: ese es un mensaje que desvía la atención del auténtico problema: los límites objetivos del modo de producción capitalista, su ineficacia como sistema social y económico para la mayoría de la población.

Los modos de producción

Ningún modo de producción ha sido eterno: tienen límites históricos, y el capitalista no es distinto. Cuando nos referimos a los límites históricos de los modelos productivos lo que queremos decir es que hay un momento en que estos alcanzan su máximo desarrollo posible y, por tanto, son incapaces de seguir reproduciéndose.

Desde ese momento de máximo desarrollo de un modelo productivo determinado no queda más que la quiebra. Es cierto que pueden darse distintas circunstancias que lo mantengan en el tiempo incluso durante cientos de años, pero está condenado a desaparecer y a dejar lugar a un nuevo modelo productivo.

Uno de los casos más claros es el del Imperio Romano: aunque en lo político tiene distintas fases como son la monarquía, la república y el imperio, económicamente se constituye como modelo imperialista[5] ya en el 396 Antes de Nuestra Era, cuando conquista la ciudad etrusca de Veyes.

En el caso de Roma lo que sucedió es que con la conquista de Veyes comenzó su periodo de expansión que les llevaría a la conquista de toda la Península Itálica, pues la economía de Roma mejoró notablemente: se consiguieron nuevas tierras que cultivar, y los derrotados pasaron a convertirse en esclavos. Desde ese momento, como hemos señalado, Roma se vuelve imperialista y resolverá sus periódicas crisis mediante la guerra y la expansión.

El problema de Roma surge cuando sus tierras de cultivo, la base de su economía, son insuficientes para mantener a toda la población que habita en ella. Entonces es, objetivamente, necesaria la guerra. Este es un problema habitual todavía en nuestros días: el efecto de la llamada superpoblación –aunque en realidad no es tal, si no la incapacidad de un sistema económico que funcione de forma efectiva para satisfacer el conjunto de las necesidades de toda la población-, que se da especialmente en África, y que se resuelve mediante guerras civiles -tribales- o con países vecinos. Así se liquida a parte de la población y se resuelven los problemas económicos.

Pero Roma llega a un momento en el que no puede hacer más guerras, que eran la solución a sus problemas económicos. Conquistaron todo aquello que podían conquistar: al norte ya no quedan más que tierras heladas en Germania, al este la India está demasiado lejos como para ser conquistada con la tecnología de la época de forma eficaz (esto quiere decir que aunque hubiese sido conquistada las comunicaciones no eran lo suficientemente rápidas como para que fuese efectiva, y que, aun habiendo tenido otra tecnología y habiéndola conquistado no hubiese sido sino atrasar el proceso irreversible), en el sur de África no queda más que desierto, y al este, América, está también demasiado lejos.

Es por este motivo por el que cae el Imperio Romano. No cae por invasiones bárbaras ni cuestiones externas –aunque estas influyan- ni por problemas políticos ni sociales –aunque en ocasiones las revueltas y las guerras civiles sean importantes-. Todos estos elementos, naturalmente, repercuten en la política, economía y sociedad del Imperio Romano, pero sólo son secundarios, no son el factor esencial.

El elemento clave, que provoca la caída del Imperio Romano, es que no puede seguir acaparando tierras de cultivo ni consiguiendo más esclavos: este es el límite histórico, el límite objetivo, a partir del cual el Imperio Romano es imposible que siga reproduciéndose.

No le queda más que la última crisis sistémica, estructural, de la que ya no podrá reponerse como se repuso de las anteriores, porque en esta ocasión no le es posible seguir engrasando su sistema productivo, no le es posible seguir haciendo la guerra.

El problema del sistema económico romano no es exclusivamente de su época ni de su modelo: todo modelo económico tiene unas bases sobre las cuales se desarrolla, y cuando estas son incapaces de reproducirse se desarrollan las crisis. Pueden ser crisis coyunturales, que se pueden resolver de distintas formas, en función del modelo de producción, e incluso crisis estructurales, que también puede resolver el sistema, pero hay una crisis final inaplazable.

El capitalismo como elemento socio-histórico

El capitalismo no es eterno, es un elemento socio-histórico, que como tal está determinado a perecer, al igual que los modos de producción que le antecedieron. “Con el transcurso del tiempo, cada uno de estos modos de producción se volvía intolerable, y el orden social, constantemente amenazado, sólo podía mantenerse por medio de la violencia”[6].

El capitalismo es una formación socio-histórica, y que como tal no es infinito: está condenado a desaparecer, y en su progresiva descomposición va a someter a la clase obrera a cada vez peores condiciones de vida, en la medida en que le va a ser más difícil reproducir su tasa ampliada de ganancia.

Pero estas concepciones sobre la Historia son relativamente recientes, sólo a principios del siglo XIX se comenzó a señalar esta característica en el modo de producción capitalista: “Sismondi, en oposición a Ricardo, fue el primero que destacó (1819) el carácter histórico, transitorio, del modo de producción capitalista”[7].

Richard Jones “también destacó en su manual (1852) el carácter histórico, y por lo tanto transitorio, del modo de producción capitalista, distinguiéndolo como una fase intermedia en el desarrollo de la producción social”[8].

Mediado el siglo XIX ya se intuía que el capitalismo tenía un carácter histórico, como toda formación socio-económica, y así “la verdadera tarea que Marx se impuso en El capital consistió en exponer con toda exactitud la necesidad del hundimiento del modo de producción capitalista y las causas que habrían de provocarlo, no ya como un “presentimiento” basado en analogías históricas sino mediante un análisis rigurosamente científico del propio modo de producción capitalista. ¡Sólo en ello consistió y podía consistir el progreso científico en relación con las conclusiones a que habían arribado Sismondi y Richard Jones, y que ya apuntáramos!”[9].

Así es como se puede caracterizar correctamente a las clases sociales: “la burguesía moderna, como vemos, es por sí misma fruto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el modo de producción y de cambio”[10].

Y la Historia no se detiene: “la burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales”[11].

Por lo tanto, y contra la doctrina burguesa que no hace sino plantear una vuelta a la burbuja del 2005, y el reformismo, que es incapaz de asumir el carácter histórico del capitalismo, es necesario señalar la necesidad histórica de acabar para siempre con un sistema que supone la explotación de los seres humanos por sus iguales, y si la clase obrera no lucha más que por aquello que puede conseguir, por aquello en lo que puede vencer, es necesario que, tras la defensa de los intereses inmediatos de la clase obrera esté siempre, perceptible para las masas más aventajadas, la necesidad del socialismo.

Lo contrario, frenar la Historia, mantener un modo de producción ya caduco, es una tarea condenada al fracaso.

Medidas como la populista Tasa Tobin, asumibles por el sistema, lo único que hacen es confundir a la clase obrera, situando el problema de la crisis en un problema de quienes gestionan el sistema, en lugar de observarlo como la tendencia histórica del modo de producción capitalista, condenado a perecer, ya que “teniendo en cuenta esta experiencia histórica no puede afirmarse que el sistema asalariado sea el último grado del progreso; por el contrario, al igual que los anteriores, sólo posee un carácter histórico y, en el futuro, no podrá sino ceder su lugar a un sistema de grado más elevado”[12].

El colapso ambiental

Desde que la crisis económica se puso de manifiesto poco se habla del medioambiente y de la situación de nuestro Planeta. Es natural que ante el desempleo y los despidos, las reducciones de salarios, el recorte de derechos en todos los ámbitos, se deje algo de lado que no nos afecta de forma tan inmediata y tan explícita.

Pero el colapso ambiental es un hecho. Es otro elemento que impide el desarrollo del capitalismo de forma infinita: en la medida en que explota los recursos naturales –y finitos- de forma incontrolada y a un ritmo mayor del que estos se recomponen va a llegar un momento en el que los reduzca a la mínima expresión y no los pueda seguir utilizando.

Podría el capitalismo, claro, adaptarse a la nueva situación, como se adapta cuanto puede a cada obstáculo que encuentra para poder sobrevivir, y podría utilizar los recursos naturales de forma menos intensa, pero eso, que iría en contra de su naturaleza, no le garantizaría la supervivencia, por lo explicado hasta ahora, así que por qué hacerlo.

En cualquier caso la cuestión ambiental supone una contradicción en el plano energético de difícil solución para el capitalismo.

Es cierto que el capitalismo puede optar también por buscar nuevas energías, como las renovables, y no dudará en hacerlo si eso le permite sobrevivir unas decenas o cientos de años más, lo que provocaría un problema que supondría una fractura en la oligarquía mundial que tiene sus intereses en las distintas energías, en especial el petróleo.

El problema medioambiental es un problema reciente, que no existía para generaciones anteriores porque la sociedad de consumo no se había desarrollado de la forma que lo ha hecho en las últimas décadas.

La explotación de materias primas y su uso de forma masiva e impulsiva era algo que el capitalismo de inicios del siglo XX todavía no podía permitir, su grado de desarrollo no era suficiente.

Hoy, el único país del mundo con un desarrollo sostenible es Cuba[13].

Sólo por este hecho el modelo de desarrollo económico cubano supone un estadio de producción superior al capitalismo monopolista de estado: mientras Cuba la respeta para el capitalismo la naturaleza es un problema, un recurso finito que progresivamente esta destruyendo y que podría provocar su propio fin, condenando a la humanidad en su conjunto a la extinción.

Y, sin embargo, Cuba no es ajena, no puede ser ajena, al colapso ambiental: sólo hay una capa de ozono. Cuba necesita que la revolución no sea en un solo país, sino que sea, como ya vislumbraran Marx y Engels en el siglo XIX, internacional. Es necesario que la economía global, la economía del Planeta, sea sostenible y que, desterrado el capitalismo, el socialismo no sólo suponga que se cubran las necesidades de toda la población, si no que cuide, proteja y revaloralice el medioambiente.

El reformismo ante la crisis

El debate, fuera del análisis marxista y científico -que aquí estamos situando, o al menos intentando situar-, sobre la crisis capitalista y las soluciones que a la misma se pueden dar, confunde a la clase obrera, porque le hace pensar que se puede volver a un estadio de desarrollo anterior, en el cual el capitalismo se vio obligado a hacer una serie de concesiones; y no se sitúa cómo objetivamente es necesario que se produzca un retroceso de derechos de todo tipo (políticos, económicos, sociales…) de la clase obrera y que no va a volver a recibir nunca, porque nunca los recibió, sino que fueron arrancados al capitalismo, gracias a la lucha de clases y a una correlación de fuerzas positiva para la clase obrera.

Y es que aunque los intelectuales reformistas son capaces de observar cómo “el mundo va camino de sufrir su peor pesadilla desde 1929, época de paro, miseria y violencia social”[14], son incapaces, en la medida en que su propuesta no rompe con el capitalismo de forma radical, de dar una respuesta consecuente con la crisis estructural, reduciéndose su debate a intentar que el capitalismo funcione bien, pues no contemplan la inevitabilidad del derrumbe económico de la sociedad existente[15].

“Para refundar un nuevo sistema económico más justo y más democrático hay que dar a los ciudadanos mayor control sobre los recursos de la nación y sobre las decisiones que afectan sus vidas. Hay que crear estructuras globales que antepongan primero las necesidades de los ciudadanos. Que respeten y promuevan los derechos humanos, la justicia social y el equilibrio ambiental. Y que garanticen empleos decentes, medios de vida sustentables, servicios esenciales como la salud, la educación, la cultura, la vivienda, el transporte, el acceso al agua potable y a la energía limpia.

Sólo así se construirá por fin una economía justa y democrática”[16].

Esos son los términos en los que se expresa el reformismo, el altermundismo, esa ocurrencia que ha adoptado varios nombres, como el de socialismo de rostro humano[17], que lo que hace es renunciar a la herencia socialista, a la lucha de clases y a la revolución y conquista del poder por parte de la clase obrera.

No se trata de refundar un sistema económico más justo y más democrático: eso no es posible, es puro idealismo pensar que en la sociedad burguesa y bajo el capitalismo se puede avanzar en esa línea[18]. Sin embargo, ese discurso cala entre la clase obrera, que asiste al derrumbe del capitalismo, y piensa inocentemente que la corrupción y la avaricia, un comportamiento irresponsable, han ocasionado la crisis[19], sin darse cuenta, en primer lugar, que esta crisis no ha sido provocada por unos banqueros malvados, en segundo lugar que corrupción y avaricia son elementos intrínsecos al individualista sistema capitalista, que los propicia, y en tercer lugar, como ya hemos apuntado, no tienen en cuenta el desarrollo de la propia historia y el fundamento económico del fin del capitalismo[20].

Otro ejemplo de reformismo es el libro “Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España”, que busca dar una salida democrático-burguesa a la crisis capitalista: esto es, se sitúan entre aquellos que no rompen con el capitalismo y no orientan a la clase obrera más que hacia una recomposición del capitalismo -al menos en la citada obra- y no intentan romper la hegemonía ideológica de la burguesía para que la clase obrera deje de estar subordinada a ella.

Criticando a los reformistas, clásicos, en concreto a Bernstein señala Grossmann: “Esta crítica se apoyaba exclusivamente en un hecho empírico como es la mejoría de la situación de determinados sectores de la clase obrera. Con ello, para Bernstein quedaba demostrado que “el desarrollo adoptó un camino diferente” que el anticipado por Marx. ¡Como si Marx alguna vez hubiera negado la posibilidad de una mejora de la situación de la clase obrera en ciertas fases del desarrollo capitalista!”[21].

Aún así “los obreros son despedidos. Pero el desplazamiento de los obreros, el surgimiento del ejército de reserva del que Marx habla en el capítulo de la acumulación no es causado (y de esto se ha hecho caso omiso en la literatura sobre el tema) por el hecho teórico de la introducción de la máquina sino por la insuficiente valorización que hace su presentación en una cierta fase avanzada de la acumulación (…) los obreros son desplazados no porque sean expulsados por las máquinas sino porque a una determinada altura de la acumulación la ganancia se torna demasiado pequeña, por consiguiente la misma ya no rinde y la ganancia no alcanza para adquirir las máquinas suficientes, etcétera”[22].

No son problemas los que vivimos, como plantean algunos autores y piensa gran parte de la población, de superpoblación, ni de ladrones –aunque sean ladrones, una cosa no quita la otra-, sino del canto de cisne del capitalismo.

De esta forma, en el libro “Hay alternativas” no hay alternativas, al menos reales. No las hay porque sólo se busca reformar este sistema, democratizarlo, hacer que funcione bien, pero el sistema en sí no es un problema para esta serie de autores[23].

“Hace unas semanas, renegando de su fe absoluta en el mercado, el gobierno británico se vio obligado a nacionalizar el banco Northern Rock.

De nuevo se socializan hoy o se mutualizan las pérdidas, mientras ayer se privatizaban las ganancias y los beneficios. Y una vez más queda demostrado que el mercado, por sí solo, es incapaz de autorregularse. ¿Qué espera el Estado para poner límites por fin a este capitalismo de pánico?”[24].

Esta es la aspiración de la intelectualidad comprometida, de quienes han sido referentes durante muchos años, y lo siguen siendo, para gran parte de la izquierda española: un Estado que limite el capitalismo de “pánico”. Y esta es la propuesta cuando observan, sin embargo, que “se instala un nuevo capitalismo, todavía más brutal y conquistador”[25]. De este modo, la contradicción salta a la vista: el capitalismo es cada vez peor, pero sin embargo los intelectuales del sistema no dejan de apostar por el capitalismo, pues nos dicen que el sistema ha fallado debido a ineficiencias en los mecanismos de control, que nos han llevado hasta la crisis: solucionemos esto y tendremos un capitalismo bueno.

En esta línea en “Hay alternativas” afirman la necesidad de “reformas financieras pendientes, reformas inevitables”[26] como “someter a las finanzas y a los financieros a la legalidad y a principios de comportamiento semejantes a los que habitualmente se exigen al resto de las personas y empresas, de responsabilidad, transparencia, simetría, veracidad, etcétera”[27], lo cual sitúa el problema, en línea con su argumentación reformista, en un problema ético, en la necesidad de que el capitalismo no falle, pues el problema es que “la crisis que estamos viviendo es en realidad la historia de una serie de estafas cometidas por banqueros y entidades financieras en los últimos años que culminaron con la difusión masiva de un producto cargado de falsedad y riesgo estratégicamente disimulados”[28]: es, pues, la crisis producto de decisiones humanas. Se olvidan de la ley de la acumulación y del derrumbe capitalista.

Prosiguen diciendo: “Y no basta, como la experiencia ha demostrado, con aumentar tímidamente sus exigencias de capital (…) hay que ir mucho más lejos. Se trata de acabar con la situación absurda a la que ha llevado el capitalismo convertido en un casino financiero de nuestros días”[29]. Este es el problema, bien claro lo dicen: el capitalismo falló.

Es una idea en la que insisten: “gran parte de los problemas que viene sufriendo la economía internacional, y la española en particular, se debe a que los vigilantes no vigilaron con la debida diligencia. Por torpeza, por ceguera ideológica o por simple complicidad con los banqueros privados, los bancos centrales y los gobiernos han dejado hacer de todo durante estos años (…) significativamente, a medida que los negocios financieros se iban haciendo más complejos y poco transparentes, y por tanto más peligrosos, las autoridades han relajado la vigilancia en lugar de reforzarla”[30].

De forma que no nos encontramos ante un problema del modo de producción capitalista, sino que “puede decirse con pleno fundamento que el Banco Central Europeo es responsable de que las consecuencias de la crisis sobre la población y en general sobre la economía europea hayan sido especialmente graves y de que los especuladores hayan realizado primero una extorsión y luego un verdadero saqueo de esos países”[31]: la culpa es, pues, del BCE, y no de la naturaleza de la economía capitalista y sus consecuencias.

Y coronan su obra hablando, porque el capitalismo no es un problema y por lo tanto no tiene sentido reivindicar el socialismo, de “la economía de la igualdad”[32].

Pero cada medida que toman los gobiernos capitalistas no hace sino profundizar en la crisis, cada medida que toman empeora la situación a largo plazo: en el horizonte sólo hay barbarie.

Dentro de la sociedad capitalista es difícil –no imposible, claro, no hay un solo camino ni una sola posibilidad- el camino de salida de la crisis, y sin lugar a dudas difícil será para la clase obrera y los sectores populares. Es, por tanto, necesaria una revolución socialista para que se supere la crisis en la perspectiva de la construcción del socialismo, poniendo fin a la barbarie capitalista.

Pero “no se trata de que no haya más salida que el socialismo, pues no hay un “fin mecánico del capitalismo”, concepción bajo la cual “teóricamente se anticipa una situación, tal como muchos revolucionarios pretenden ver en cada crisis, una situación a través de la cual se espera “una destrucción automática del capitalismo”. Lenin revelaba tener una visión más profunda cuando sostenía: A veces los revolucionarios se esfuerzan por demostrar que la crisis carece absolutamente de toda salida. No existen situaciones que no presenten en absoluto alguna salida”.[33]

El mito del capitalismo bueno

Nunca ha habido una economía más o menos justa, más o menos democrática bajo la dictadura la burguesía, lo que ha ocurrido durante la segunda mitad del siglo XX es que hubo un campo socialista con capacidad de influencia real en las sociedades occidentales y sus gobiernos, y estos, para evitar revueltas y luchas de la clase obrera se vieron obligados a hacer unas determinadas concesiones, fruto de la lucha de la clase obrera, fruto del poder obrero en Europa del Este.

A principios de los años ochenta, cuando la contrarrevolución comienza a hacer mella en la Unión Soviética la burguesía comienza a reducir el reparto de los excedentes: desde ese momento cada vez van a ser más ricos los ricos, más pobres los pobres, y va a aumentar el número de estos últimos debido a la proletarización de las clases medias y al aumento del número de asalariados.

Pero para los reformistas el capitalismo puede ser bueno, y recurren a las estructuras del propio poder establecido: “el modelo de capitalismo, diseñado por los estados del Norte para mayor provecho de los países ricos, ha muerto. Y sería indecente que esos mismos estados, responsables del gran desastre actual, “refundasen” un nuevo sistema económico para preservar sus privilegios. Invitar al debate sobre la refundación de la economía a potencias del Sur como Argentina, Brasil, México, Sudáfrica, China e India es lo menos que se puede hacer (…) el Marco legítimo para tal trabajo no es ni el G8, ni el G20, sino la ONU y los 192 estados del planeta. Además, las víctimas principales de la crisis, es decir, los ciudadanos, representados por sus asociaciones, sus ONG y sus sindicatos, también deben tener voz consultiva y deliberativa (…) todos los estados del planeta se ven afectados por esta Crisis del siglo. Por eso, el marco apropiado y legítimo para las negociaciones sobre esa refundación no es el G20, sino la ONU”[34].

La ONU, esa es la salida que se le ocurre a Ignacio Ramonet, porque observa la ONU como un ente neutral, al margen de su contenido de clase, como si no fuese un instrumento del imperialismo, como si la ONU no fuese una herramienta al servicio del imperialismo.

“Ocurre además que, al menos dentro de la teoría marxista del Estado, la crisis del Estado es –aparte de coyunturas tácticas, que evidentemente hay que tener muy en cuenta a la hora de la lucha política- la única posibilidad de ruptura de la hegemonía burguesa y plasmación política de la hegemonía asalariada. O si se quiere (…), la conquista de la hegemonía del nuevo bloque histórico sólo puede plasmarse a través de la crisis del Estado, siendo ésta expresión de aquélla, y estando ambas interrelacionadas y fuertemente sujetas por el lazo indestructible (…) de la lucha de clases. Sin crisis del Estado no es posible alternativa estatal, y, por tanto, cambio social. La crisis del Estado es la manifestación institucional de que la sociedad pugna por el cambio, es por tanto, manifestación de su salud histórica; aunque lógicamente, la burguesía la vea como una manifestación de enfermedad social. Cuando se busca salvar al Estado de su crisis, lo que se está salvado es la dominación, y no la institución. Es más, tan sólo a través de la crisis el Estado manifiesta su necesidad de reforma –lo mismo que su posibilidad de cambio- y, por tanto, es también la vía para su perpetuación. Por eso, coyunturas tácticas aparte, la actitud ante la crisis es la línea de división entre reformistas y revolucionarios. Aquí el argumento reformista de que ahora vamos a salvar al Estado de la crisis para cuando esté sano y potente plantearse el cambiarlo, queda claramente desenmascarado”[35].

Los autores de “Hay alternativa” coinciden en la necesidad de apuntalar el Estado, la herramienta de dominación de la burguesía sobre la clase obrera y el campesinado: no hay que luchar por la superación del modo de producción capitalista, sino que es “fundamental oponerse a la estrategia de debilitar el sector y la iniciativa pública que promueven los intereses que sólo buscan el beneficio. Lejos de ello, hay que fortalecerlos no sólo económicamente incrementando el gasto público, sino también políticamente, reforzando sus competencias y ampliando la forma en que la ciudadanía puede formar parte de ellos”[36]. Hemos de defender, ya lo señalamos, a la clase obrera, pero defender sus conquistas sociales, sus derechos, no al Estado burgués.

En el artículo “Resistir” encontramos algunas propuestas que evidencian la falta de alternativa de la intelectualidad burguesa: “No a las nuevas censuras. No a los medios que mienten. No a los medios que nos manipulan” [37], pareciera que estos son elementos nuevos, pero son propios del sistema capitalista, ha hecho uso de ellos constantemente, no son fruto de la crisis. Además, estos intelectuales bien conocen los medios de comunicación: ¿cuándo los grandes poderes económicos están detrás de ellos, cómo pueden pedir que no mientan, que no manipulen? Parece que no conocen la sociedad capitalista, parecen ingenuos, pero en realidad están imbuidos de filosofía idealista y esperan recuperar el capitalismo.

Podríamos seguir pero sería insistir en lo mismo.

El capitalismo español

Peculiaridades del capitalismo español

Lo que hoy ocurre en España –y a nivel global- es el resultado del desarrollo de la Historia, de la lucha de clases, de la subordinación histórica –desde el siglo XVIII- a los proyectos extranjeros y, recientemente, a los Estados Unidos y a la Unión Europea.

La actual crisis del sistema de producción en España plantea la cuestión de la subordinación a los planes del capital extranjero y la necesidad de recuperar la soberanía para construir un proyecto nacional, popular e independiente, pues pese a quienes nos gobiernan “ni la lucha de clases, ni las conmociones coyunturales del capitalismo desaparecen mediante acuerdos políticos tomados por arriba”[38].

Para comprender mejor el sistema capitalista en su conjunto nos vamos a referir ahora a sus peculiaridades. Todo sistema económico es único porque es el fruto de un desarrollo y un condicionamiento histórico. Por eso, aunque nos encontramos ante una crisis global no la sufren todos los países por igual.

Las características más diferenciadoras del capitalismo español tienen lugar en el origen del capitalismo, en la fase de desarrollo del capitalismo monopolista de Estado –la última fase de desarrollo del capitalismo-, y en la composición del propio capital.

El capitalismo comienza a desarrollarse en España en el primer tercio del siglo XIX, y no estará configurado como capitalismo monopolista de estado hasta el primer tercio del siglo XX, cuando se fusionan la oligarquía financiera y terrateniente.

El capitalismo español tendrá, por lo tanto, un desarrollo dilatado, tardando un siglo en configurarse, pues la burguesía carecerá en España del carácter revolucionario que tendrá en otros países. Influirá el hecho de que España sea una potencia colonialista, pues esto hará que la burguesía comercie con las colonias, en lugar de construir un mercado nacional que hubiese hecho que entrase en contradicción con el Antiguo Régimen y se enfrentase con sus estructuras.

En Francia, el país de la Revolución Burguesa por excelencia, la burguesía no tenía colonias con las que comerciar. La burguesía francesa no tenía más que el territorio continental, así que a medida que se desarrolla e implanta el nuevo modo de producción, el capitalista, tuvo que enfrentarse a las estructuras sociales y económicas que había en Francia, dándose un conflicto explícito entre las estructuras arcaicas y las novedosas.

Pero vayamos poco a poco: a mediados del siglo XVIII España carece de un mercado nacional.

El latifundismo es una realidad y no hay ni industria ni producción, siendo la economía fundamentalmente de subsistencia. No hay, y no puede haber, un mercado nacional.

Hay serias dificultades para la existencia de un mercado nacional debido a las muy insuficientes y rudimentarias infraestructuras. Estas evitan cualquier tipo de comercio, siendo habitual que el grano de Castilla no llegue a las provincias del litoral, haciendo necesaria la importación de trigo extranjero a pesar de haber una producción suficiente, mientras los productos industriales de estas últimas tampoco consiguen penetrar hacia el interior. No hay, por lo tanto, intercambios comerciales. Nos encontramos ante una economía feudal.

Será en la segunda mitad del siglo XVIII cuando comience a desarrollarse la industria en Cataluña, alrededor de 1760: gracias, primero, a un mercado prácticamente regional, y posteriormente al comercio colonial. Así surgirá una burguesía mercantil que acabará derivando en burguesía industrial, y que comerciará con las colonias.

Hay, por tanto, un mercado colonial que permite una actividad industrial moderna, sin que haya un paralelo desarrollo del mercado nacional.

El hecho importante es que este desarrollo económico evita que la burguesía industrial y las clases privilegiadas del Antiguo Régimen entren en conflicto, no produciéndose una revolución burguesa, sino iniciándose un proceso que se dilatará en el tiempo. La península quedó para la aristocracia señorial y eclesiástica y el comercio colonial para la burguesía.

El feudalismo en España es desde ese momento del pasado, y sólo logrará perdurar en el tiempo mientras la burguesía no tenga necesidad de acabar con las estructuras arcaicas. De esta forma, mientras en otros países la burguesía será un elemento revolucionario, como nueva clase social en auge ligada a un nuevo modelo de producción, en España habrá un pacto con la oligarquía feudal: el viejo régimen permitirá el monopolio colonial a la burguesía y esta a cambio lo apoyará. Al fin y al cabo, el régimen feudal no les estorba.

El problema para la burguesía tendrá lugar cuando España entre en guerra con Inglaterra, a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Entonces se verá afectado el comercio colonial, que será paralizado casi por completo.

Además, las luchas emancipadoras en las colonias españolas en América acabarán con gran parte del mercado colonial de forma definitiva, no siendo posible una recuperación de las exportaciones una vez finalizada la guerra con Inglaterra.

En 1814 la independencia de parte de América Latina es ya un hecho, cerrándose la primera etapa en 1821, a excepción de la actual Bolivia, que se independizará en 1825. Sólo las islas del Caribe, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, siguieron siendo colonias españolas.

Aunque la burguesía pueda vender a otros países extranjeros su principal mercado, con quien tiene la exclusiva comercial, está perdido y se produce una crisis que provoca el cierre de fábricas, con la proletarización de parte de la burguesía y la total miseria y pobreza para el proletariado.

Durante esos años, con motivo de la Guerra de la independencia (1808-1814) surgen toda una serie de instituciones liberales, ante el vacío de poder provocado por la subordinación de las capas sociales dominantes -nobleza, clero-, la monarquía y el ejército, y que culminarán con la Constitución de 1812.

La contradicción entre el Antiguo Régimen, que carece de mercado interior y tiene una base económica agrícola, y la burguesía industrial, es ahora un hecho: perdidas las colonias la burguesía no tiene más remedio que plantearse la necesidad de un mercado nacional, para lo cual necesita unas nuevas infraestructuras y una economía competitiva.

Aunque la vuelta de la monarquía y del mismo Fernando VII en 1814 permite que se mantengan las estructuras económicas, legislativas y sociales anteriores a 1808 la fragilidad del Antiguo Régimen ha quedado patente.

Será así como tras casi medio siglo de connivencia comenzarán los conflictos entre los dos modelos económicos y la antigua oligarquía feudal y la nueva burguesía liberal, pese a los encarcelamientos y persecución de los liberales por parte del Gobierno de Fernando VII.

Este nuevo contexto llevará a la burguesía catalana a apoyar a Rafael del Riego en 1820, frente al antiguo absolutismo. No obstante será en las zonas mínimamente industrializadas –especialmente Catalunya- donde se producirán levantamientos.

Empieza un nuevo proceso liberal que pretende acabar con las estructuras feudales. Y si en la invasión napoleónica las capas sociales dominantes se habían subordinado a los franceses, ya en 1820 lo vuelven a hacer a las potencias absolutistas europeas para que ahoguen la revolución liberal. Esperando los tiempos adecuados, en 1823 el Ejército de los Cien Mil Hijos de San Luis invadiría España para reinstaurar el absolutismo.

Son los inicios de una larga tradición todavía existente, y que hará que la burguesía se alíe en los años treinta con Alemania e Italia para acabar con el movimiento revolucionario, que durante el franquismo se ponga del lado de los Estados Unidos, o que la Transición esté dirigida por estadounidenses y alemanes, y que, actualmente, cada gobierno esté subordinado a los intereses de las grandes potencias mundiales. Ni ha habido ni hay, por parte de las clases sociales dominantes ningún proyecto para las clases populares. Su único objetivo es mantenerse en el poder, aunque sea bajo las órdenes de otros países.

Por otro lado en el desarrollo del capitalismo monopolista de estado influirá fuertemente el Estado Franquista, del que a su vez saldrá la forma de dominación burguesa actual -la II Restauración Borbónica-.

Además, sufre una rápida internacionalización de capitales desde los años setenta, con lo cual pasa a ser un capitalismo subordinado a los intereses de las potencias capitalistas más poderosas.

Nace el capitalismo español, por tanto, de forma peculiar, que hace que no se pueda hablar propiamente ni de Revolución Industrial ni de Revolución Burguesa: pervivirán económica y socialmente elementos del Antiguo Régimen con otros plenamente industriales y burgueses, al no entrar en conflicto la burguesía con los estamentos dominantes feudales.

Estas peculiaridades en el inicio y en el desarrollo del capitalismo español, así como en la formación del capital monopolista de estado darán como consecuencia un proceso complejo, del que surgirá un capitalismo monopolista de estado frágil y subordinado al capital foráneo.

En un primer momento la industria catalana encontraría en las colonias americanas su mercado, lo que evitaría que la burguesía industrial entrase en conflicto con las estructuras del Antiguo Régimen y no se plantease revolución alguna: la aristocracia feudal y la Iglesia controlarán la península, y la burguesía las colonias.

Por otro lado el franquismo intervendrá directamente en el proceso de producción a favor de los intereses oligárquicos, no desarrollándose el capitalismo monopolista de estado de forma competitiva.

Si el capitalismo monopolista de estado tiene sus raíces económicas en el primer tercio del siglo XIX, el Bloque Dominante las tiene en la Restauración Borbónica de 1874.

Desde que se ha configurado el Bloque Dominante ha tenido un elemento común en el tiempo: la fracción hegemónica ha sido siempre la oligarquía, de forma que ha sido la que ha ejercido el control sobre el desarrollo del capitalismo monopolista de estado. Este hecho es el que ha permitido que desde hace casi siglo y medio haya sido controlado el poder por una veintena, poco más o menos, de familias.

Pero hubo momentos en los que la dominación de la fracción oligárquica entró en crisis, dándose procesos de reorganización dentro del Bloque Dominante, y teniendo la clase obrera y las capas populares posibilidades de comenzar proyectos hacia el socialismo, especialmente con la Guerra Nacional Revolucionaria de 1936, y la crisis del franquismo en 1973.

En estos procesos en los que el cambio ha sido posible o bien la mediana y pequeña burguesía se ha situado del lado de la oligarquía, por temor a que una eventual alianza con la clase obrera y los sectores populares derivase en una revolución que no fuesen capaces de controlar, o bien la clase obrera no ha sido capaz de dirigir el Bloque Popular.

Han sido crisis estructurales que podrían haber desembocado en el fin del capitalismo y la implantación del socialismo en España. No obstante, y como demostrara ya la Comuna de París, y de forma especial la Revolución Rusa de 1917, vivimos la etapa de transición del sistema capitalista al socialista: es posible superar el capitalismo e implantar un nuevo modelo económico. De hecho, desde el mismo instante en que se configuran las clases antagónicas en el capitalismo se inicia la etapa de transición, en la medida en que el capitalismo nace, se desarrolla y muere.

Desde agosto del 2007, aunque es progresivamente como la clase obrera y los sectores populares son capaces de percibirlo, estamos sumidos en una crisis estructural del sistema capitalista. Esto quiere decir que nos encontramos ante una crisis cuya salida va a exigir al Bloque Dominante reorganizarse -lo que supondrá necesariamente enfrentamientos internos entre la burguesía monopolista y la burguesía no monopolista- y es muy probable que este proceso suponga una quiebra de la forma de dominio –que se expresaría en la caída de los partidos hegemónicos hasta ahora-, y ahí es cuando se puede producir una revolución, cambiar un sistema socio-económico por otro.

Es el momento que ha estado esperando el Movimiento Comunista Español desde hace cuarenta años: una nueva crisis sistémica que pueda desembocar en una crisis revolucionaria.

El estado como institucionalización de la subordinación

El Estado surge como resultado de la lucha de clases, siendo una “institución organizada de dominación política”[39], en la Edad Moderna, alrededor del siglo XVI. Frente a la organización política medieval, caracterizada por el fraccionamiento del poder en las instituciones feudales y religiosas, el Estado Moderno concibe el poder político centralizado, que recaerá en la figura del rey.

Las ideas de Maquiavelo, Bodino, Hobbes y Locke forjaron el concepto de Estado Moderno y, aunque sean necesarias matizaciones fruto de la evolución histórica, siguen siendo válidas, pues pese a las revoluciones burguesas la idea de Estado sigue siendo la misma: “una estructura de dominación social con poder superior a cualquier otro”[40]. Lo que cambiarán las revoluciones burguesas será la organización interna del Estado, la distribución del poder, pero no el significado del Estado, que tiene un poder soberano, que podemos definir como “poder de dominación”[41].

“En todo caso, hoy día, y por lo que se refiere a los países occidentales y desde luego a España, se entiende que la noción democracia incluye también las típicas libertades individuales”[42], que son burguesas, pues “hoy la <<democracia>> es una abreviación que significa liberal-democracia”[43].

La actual forma de organización, el estado, es una herramienta de las élites de la burguesía, subordinadas a las potencias extranjeras para mayor comodidad y seguridad: desde hace siglos en España el poder está en unas pocas manos, y siempre ha sido dependiente de unos u otros capitales foráneos.

Cuando hablamos en la actualidad y en occidente de un Estado Social y Democrático de Derecho el postulado democrático significa el principio de la soberanía nacional, el pluralismo político, el derecho a la igualdad ante la ley, el igual acceso a la representatividad y los cargos públicos, la constitucionalización de los partidos políticos, organizaciones sindicales y empresariales[44]. Este es el caso del Estado Español[45].

¿Pero cómo podemos hablar de soberanía nacional, de pluralismo político, de igualdad ante la ley…?

La falta de democracia ha sido patente desde 1939. Uno de los casos más representativos es el de Díaz Losada, gobernador militar de San Sebastián en 1987, que señalaba que respeta-rían la autodeterminación y un Estado Federal “<<si las instituciones del Estado lo aceptan (…)>> (…) En el siguiente día el ministro de Defensa de [Felipe] González, Narcís Serra, cesaba al general Díaz Losada[46]. El Estado no permite opiniones democráticas entre las cúpulas militares.

El Estado como instrumento de clase

No podemos olvidar que el Estado es un instrumento de una clase para dominar a otra, si no caemos en abstracciones absurdas y equivocadas[47].

La caracterización del Estado es uno de los elementos vertebradores del marxismo, que deslinda el campo reformista del revolucionario: en función del análisis del Estado son posibles las reformas o es necesaria una revolución para alcanzar el socialismo. Y aquí, nuevamente, queda en los planteamientos de unos y otros dónde se sitúa cada cual[48].

El eurocomunismo, desarrollado por el PCI, el PCF y el PCE, entre otros partidos comunistas europeos, supuso la renuncia a la lucha de clases, la renuncia a la revolución y, esencialmente, supuso el olvido de la doctrina sobre el Estado, de forma que, al vaciarlo de todo contenido de clase, pensaron que mediante reformas del Estado capitalista se podía construir un Estado socialista.

La excusa era la modernización del comunismo, su adaptación a los nuevos tiempos. No es necesario ahondar en exceso sobre el eurocomunismo y sus consecuencias, sirven pocas palabras: ¿dónde están hoy el PCI, el PCF y el PCE? El primero, se disolvió; el segundo apenas sobrevive; el tercero es incapaz de dirigir Izquierda Unida y hoy por hoy no se vislumbra una recuperación de las tesis marxistas –más allá de que alguna familia del PCE tenga más o menos influencia en IU, pues el carácter reformista del propio PCE hace que, objetivamente, sea incapaz de ejercer de vanguardia y de asumir el papel histórico que le corresponde-.

De esta forma, adoptando el eurocomunismo Santiago Carrillo señalará sobre la necesidad de la revolución que “en cambio estoy convencido de que la dictadura del proletariado no es el camino para llegar a establecer y consolidar la hegemonía de las fuerzas trabajadoras en los países democráticos de capitalismo desarrollado”[49]. Lo que señalábamos: actualizar es -dicho sin ambigüedades-, traicionar el comunismo y negar a la clase obrera la posibilidad de constituirse en clase dominante y hegemónica.

No tardó, como no podía ser de otra forma, el eurocomunismo en ser contestado desde posturas marxistas. Lo harían muchos, entre ellos Carlos Tuya: “He leído pocas cosas que desde un punto de vista ortodoxo –entendiendo esta palabra, o palabreja si se quiere, en su sentido riguroso, es decir, desde la perspectiva de un mismo sistema convencional y convenido de ideas, conceptos, términos, categorías y valores- puedan ser tan fácilmente rebatidas. Falto de rigor, lleno de contradicciones demasiado evidentes, y sobre todo, con una posición ideológica y teórica tan claramente contrarias a la teoría leninista (…)”[50].

Así, bajo el eurocomunismo no se trataba de luchar contra el Estado capitalista, ni de llevar a cabo la revolución… “Carrillo les venía a decir [a los cuadros del PCE] que ya no habría revoluciones. Venía a decirles que el mundo había cambiado mucho, que había bombas atómicas, que la clase obrera no quería tomar el fusil, que había capitalismo para rato, y que, desde luego, sólo se sustituiría muy lentamente”[51].

Y así llegamos, en la medida en que no era cuestión de Carrillo exclusivamente, sino que la gran mayoría del PCE se sumó al eurocomunismo y ahí sigue en el siglo XXI, con las palabras de Cayo Lara sobre posibilidad de que la Constitución permita alcanzar el socialismo[52].

Sin embargo, lo real frente a lo idealista, es que el Estado es una herramienta de coerción, “cuya característica esencial es la división en clases”[53]; se equivocan las teorías reformistas cuando introducen el concepto de consenso, ya que “se elimina precisamente lo que explica y hace necesario, lo que da carta de naturaleza al Estado, que es la represión, no como actitud moral, sino como plasmación política de la realidad civil, cuya esencia es el enfrentamiento y la violencia, el ser asocial, que sólo alcanza su socialidad en el Estado; es decir, en la elevación a nivel político de la represión, que en cuando condición de lo social, aparece como libertad y derecho. Gracias a esta pirueta se puede plantear la defensa pura y simple del <<Estado democrático>>, que ya no es represivo sino en la medida en que defiende su <<democracia>>. Así, la <<hegemonía>> pasa a ser la condición natural del Estado; su carácter represor, una especie de lacra o pecado original que puede y debe borrarse con el agua bendita del consenso civilizado y la <<democratización de los aparatos de Estado>>[54].

España sometida históricamente a los intereses de Estados Unidos y la Unión Europea

Salvo el breve periodo de 1936-1939, con la victoria del Frente Popular, nunca ha sido España soberana, esto es, nunca ha tenido un proyecto nacional independiente de las potencias políticas y económicas extranjeras. Históricamente se había sometido a otras potencias expansionistas, y tras el breve paréntesis de finales de los años treinta siguió sometida a otras naciones.

Desde principios de los años cuarenta, cuando la II Guerra Mundial comienza a ponerse difícil para los alemanes, Franco colaborará con los aliados. Es el inicio de una política de sometimiento que se ha mantenido hasta la actualidad cuyo último episodio (público) han sido las escalas de los aviones de la CIA en aeropuertos españoles: “Desmond Bristow, uno de los principales agentes británicos que actúan en España durante esos años, revela que Franco ayuda en secreto a los aliados, contra los nazis, y que el Reino Unido y Estados Unidos conspiran, desde antes del final de la Segunda Guerra Mundial, para mantener a Franco en el poder. <<Franco nos vendía mineral de hierro, volframio y mercurio. Sin estos productos no habríamos podido colocar ni un solo tanque en el desierto para hacer frente a Rommel>>, escribe el veterano agente (…)”[55].

Desde entonces, los servicios de inteligencia estadounidenses, que ganaron el terreno a los servicios secretos ingleses, han estado presente en los grandes acontecimientos que han tenido lugar en España: la Transición, el 23-F, la transformación del PSOE en Suresnes, la entrada en la Unión Europea y la OTAN…

Han sido operaciones planificadas a través del tiempo, para asegurar que el curso de la Historia fuese el que tenían entre manos: para asegurar la subordinación de España y de los españoles a los planes del Imperio: “según directrices elaboradas para el área mediterránea por el Consejo Nacional de Seguridad el 24 de abril de 1952: <<debemos procurar usar los instrumentos sociales y económicos de que disponemos de modo que reduzcan el poder explosivo de fuerzas que presionan a favor de un cambio revolucionario, de manera que los cambios necesarios puedan efectuarse sin una inestabilidad incontrolada. Esto puede a menudo significar que nosotros debemos trabajar con y a través de los grupos dominantes actuales y, al tiempo que respaldamos su permanencia en el poder, usar nuestra influencia para inducirles a acomodarse tanto como sea necesario a las nuevas fuerzas que vayan emergiendo. A medida que surjan nuevos grupos de liderazgo, nosotros debemos también obrar para asociar sus intereses a los nuestros y, en el caso de que y en el momento en que alcancen el poder, cooperar con ellos en la ejecución de programas que les ayuden a alcanzar objetivos constructivos –una línea de desarrollo que tenderá a dar un nivel de moderación y estabilidad a sus regímenes […]. En su labor en esos países las misiones de EE UU deben tener presentes estas consideraciones, y nuestro objetivo debe ser usar nuestros programas de ayuda para modelar y guiar el desarrollo social y económico de esos países de manera que nos ayuden a alcanzar nuestros fines políticos”[56].

Entonces daba igual la dictadura, o restaurar la monarquía, lo importante era que el grupo que tuviese el poder estuviera controlado y sometido a los intereses de los Estados Unidos. Incluso, antes del viraje de la política internacional de Franco, se plantean, por un breve periodo, ayudar a los guerrilleros españoles que siguen luchando contra el dictador: “A raíz del desembarco norteamericano en Marruecos, en mayo de 1942, y del control de las costas norteafricanas por los aliados, los servicios de información de Estados Unidos inician una campaña de espionaje previa a una posible invasión de España. Este plan conduce a la creación de escuelas de preparación guerrillera entre los exiliados españoles, básicamente comunistas y anarquistas, tanto en Marruecos como en Argelia (…) las acciones acaban de forma brusca en febrero de 1944, como resultado de una importante caída de comunistas en Málaga que se extiende por toda España. Muy posiblemente, los propios norteamericanos dan el chivatazo que permite a los franquistas acabar con unas operaciones que ya no interesaban a Washington”[57].

Igual que no importaba la fórmula de otros procesos políticos: los Estados Unidos celebrarían más tarde la victoria de la Revolución Cubana, siempre que siguiese sometida a sus intereses como lo hacía Fulgencio Batista; igual que apoyaron a Saddam Hussein; igual que apoyaron a Gadhafi: el problema fue cuando estos se negaron a plegarse a los intereses del gran capital.

En cualquier caso, desde esa fecha y hasta sus últimos momentos los Estados Unidos, y la CIA, apoyaron al régimen fascista: “el general F. Franco Salgado-Araujo, secretario personal del Caudillo, anotaba el 29 de mayo de 1967 su diálogo con éste: <<La obsesión de la CIA es conseguir que nuestro Estado tolere primero, y legalice después, la acción de dos partidos, uno de carácter socialista y otro democrático, que deberán tener su expresión en dualidad similar en el campo universitario y en el sindical […]. La CIA cree que con estas actividades cumple el deber de prever el futuro, pues de lo contrario al régimen débil sucedería el caos, y a éste el comunismo. Su Excelencia me dice: <<El gobierno está bien informado de estas actividades, que sigue de cerca>>”[58].

Así será como en 1974 el PSOE celebrará el Congreso de Suresnes, “con financiación alemana, aprobación de Washington y conocimiento de los servicios de información de Franco”[59], de hecho, “los oficiales del organismo de inteligencia creado por el almirante Carrero Blanco son los encargados de proporcionarles los pasaportes”[60].

Así, España estaría subordinada a los intereses del gran capital: el PSOE garantizaría que entraría en la Comunidad Económica Europea, en la OTAN…

Sobre esto podemos señalar que “en 1994, el Parlamento germano respondía a una interpelación del Partido Bündnis 90 que las fundaciones Ebert (socialdemocráta), Adenauer (democristiana), Seidel (socialcristiana) y Neumann (liberal) habían estipendiado aún en 1992 a dirigentes de organizaciones políticas homónimas de la Península Ibérica por una cuantía de 902 millones de pta, y en 1993 por 831 millones adicionales”[61], algo que denunciaban militantes del PSOE ya en 1979: “Justo de la Cueva, miembro de la comisión mixta de reunificación del PSOE madrileño (proviene del sector histórico), desalentado, deja la militancia en ese momento [cuando “Felipe González impone que desaparezca el término <<marxismo>> de los estatutos del partido”] y declara: <<El PSOE va donde diga la CIA a través de Willy Brandt. Hasta en el propio Bundestag alemán se acaba de denunciar que la Fundación Friedrich Ebert del SPD recibe dinero directamente de la CIA>>”[62]. Y el propio Tierno Galván, en el Congreso de 1979, señaló lo que se podía y no votar, “pues de otro modo, <<mañana mismo los alemanes cortan la financiación al partido, en unos días más los tanques ocupan las calles de Madrid>>[63].

Esta es brevemente, la historia de la sumisión de un Estado y quienes lo han gobernado y gobiernan que, desde los años cuarenta, ha estado subordinado a las potencias extranjeras, que nunca ha levantado la voz cuando otros países se han entrometido en política interior o han vulnerado los acuerdos que tenían con España. “En marzo de 1994, durante la negociación para ampliar la CEE a Austria y a los países Escandinavos, bastó que el gobierno español tratara de mantener el porcentaje hasta entonces vigente en la toma de decisiones –limitando a 23 el número de votos susceptible de bloquear una resolución del Consejo Europeo- para que Klaus Kinkel, ministro de Asuntos Exteriores alemán, afirmara que <<estoy dispuesto a romperle el espinazo a España>>. Una semana después (27 de marzo), González Márquez aceptaba que la minoría de bloqueo se elevara de 23 a 27 votos”[64].

La clase obrera y el Movimiento Comunista Español

Desde los años setenta el desarrollo de la lucha de clases en España se produce bajo coordenadas que son desfavorables para la clase obrera y la sitúan cada vez en peores condiciones. La tasa de explotación aumenta año tras año.

Esto es posible por el posicionamiento del PCE durante la Transición Española -aunque un estudio pormenorizado nos exigiría comenzar al menos en el año 1956, cuando el PCE teoriza la política de la reconciliación nacional- y la claudicación de los sindicatos.

Un hecho que tiene enorme trascendencia política durante la Transición es la teorización de que en España no se produjo la Revolución Burguesa. Esta teoría ha llegado hasta nuestros días: la mantiene el PCE y también ha sido adoptada por multitud de Partidos Comunistas, cuya propuesta, en lugar de ser socialista es una República de carácter, lo digan más o menos explícitamente, democrático-burgués, rechazando la lucha por el socialismo.

Si bien es cierto que la Revolución Burguesa en España tuvo peculiaridades -que harían, como ya hemos desarrollado, que estrictamente no podamos hablar de revolución al ser un proceso que dura alrededor de un siglo- es un hecho que la burguesía acabó imponiendo su modo de producción y creó una nueva superestructura.

Este análisis erróneo supone no analizar de forma correcta qué clase social detenta el poder estatal ni cuáles son las clases sociales fundamentales enfrentadas en la actualidad, lo que sitúa prácticamente a todos los Partidos Comunistas Españoles en el campo del reformismo.

Otro elemento teórico que durante la Transición jugó un papel fundamental fue el abandono de la teoría marxista del estado. La teoría, que hemos desarrollado brevemente en estas páginas, fue abandonada, y así el PCE comenzó a hablar de democracia en abstracto, y de la posibilidad de la reconciliación nacional.

Las consecuencias de no reconocer el estado como un instrumento de clase son la aceptación del sistema de dominación, la renuncia a la violencia revolucionaria… la aceptación del sistema capitalista y de la subordinación ideológica a la burguesía.

La presencia de los Partidos Comunistas en la actualidad es muy minoritaria, fruto de la crisis del PCE y de la disgregación del Movimiento Comunista Español, pero también por el hecho de que han sido incapaces de interpretar de forma correcta la lucha de clases, y la necesaria Dictadura del Proletariado y la superación del capitalismo como modelo económico han quedado –en el mejor de los casos- como parte de la oratoria. Durante los últimos cuarenta años para muchas organizaciones comunistas la propuesta fundamental era desarrollar una alianza con la burguesía e implantar un estado burgués en el que se den a la clase obrera los derechos y libertades propios de este.

No es extraño que no se haya educado a la clase obrera ideológicamente –que sabe que en Francia tuvo una Revolución Burguesa en 1789, pero desconoce por completo la española- ni escuchar o leer sobre la necesidad de una República Burguesa, o sobre incontables e interminables etapas hasta la posibilidad de la implantación del socialismo.

De esta forma la clase obrera –a excepción de la parte más consciente- se confunde y es subsidiaria ideológicamente de las propuestas reformistas y burguesas que pretenden dar una salida a la crisis bajo coordenadas capitalistas, por lo que es incapaz de construir e intentar hegemonizar un amplio Bloque Popular que tenga como objetivo la implantación de la Dictadura del Proletariado.

Cuestión esta última –cómo organizar una revolución- que tampoco queda clara a quienes hablan de Dictadura del Proletariado pero confunden el carácter del Partido en la actual etapa histórica, lo cual les lleva a la mayor de las marginalidades.

La reforma electoral, controles a la banca, proyectos republicanos interclasistas… esas son todas medidas que afianzan a la burguesía, que distraen y confunden a la clase obrera y que van a hacer más larga y profunda la crisis al dar aire al sistema.

El caso de Islandia es un claro ejemplo de cómo intentar resolver la crisis capitalista desde posiciones burguesas. Es, objetivamente para la clase obrera, una derrota. La burguesía ha logrado recomponerse como Bloque Dominante y lograr un nuevo consenso social bajo el cual seguir ejerciendo su dictadura. La clase obrera seguirá siendo explotada por una minoría social.

No tiene sentido, por ejemplo, que una fuerza de izquierdas pida referéndums: una fuerza de izquierdas tiene que orientar a la clase obrera, explicarle las medidas capitalistas e intentar organizar la conformación del Bloque Popular que pueda disputar la hegemonía a la oligarquía y burguesía monopolista. Esa y no otra es la tarea revolucionaria, y así es como se comienza a construir el socialismo: no pidiendo que se consulte a la ciudadanía –como tanto gusta decir, usando un lenguaje desclasado y burgués- sino ejerciendo de vanguardia sobre la misma y orientándola hacia la lucha contra el capitalismo y por el socialismo.

Además, aquellos que piden un referéndum muestran muy claramente su marcado carácter revisionista: creen en la democracia burguesa y en sus métodos y formas de participación. No se trata de que la clase obrera y los sectores populares puedan pronunciarse sobre los recortes, sino de la necesidad objetiva para esta inmensa mayoría social de acabar con el sistema capitalista.

El futuro de la crisis

Las dos salidas a la crisis capitalista son dos: una dictadura del capital más explícita –algo que de hecho ya está ocurriendo- o el poder popular

Este estado como forma de organización y dominación social está alcanzando sus límites históricos. No puede funcionar como lo ha hecho históricamente, cambian los ritmos y necesidades del capital, y es necesario que las instituciones respondan a los cambios en el momento adecuado.

Esclarecedoras fueron en este sentido las declaraciones de Durao Barroso, cuando afirmó que Grecia, Portugal y España necesitarían dictaduras militares para superar la crisis, en caso de que la población se oponga a las medidas de ajuste[65]. Una noticia sobre la cual los medios de comunicación españoles no se han querido pronunciar, mostrando la falacia que supone en la actualidad la libertad de prensa: ¿ningún medio, todos soberanos e independientes, ha optado por dar relevancia a esas palabras?

En este contexto los poderes históricos, surgidos de las revoluciones burguesas y que elevaron a esta clase social al poder, observan cómo necesitan expresiones institucionales más explícitas de su dictadura, frente a una posible respuesta popular. De hecho, ante un posible golpe militar en Grecia ante las medidas antipopulares que está llevando a cabo el gobierno se decidió hace unos meses cambiar a toda la cúpula militar[66].

En el otro lado, lo temido por la Unión Europea, Merkel y Barroso: una oposición popular a los recortes y al poder establecido.

Frente al espontaneísmo y el estallido social, la clase obrera se ha de organizar en torno a su Partido de vanguardia, que la dirija con el objetivo de derrotar este sistema históricamente caduco y construir el poder obrero y popular.

El objetivo hoy es derrocar el caos capitalista y construir una economía planificada socialista al servicio de las grandes mayorías que producen la riqueza, algo que sólo puede pasar por la nacionalización y socialización de la banca y de los grandes medios de producción, así como de las infraestructuras, las riquezas naturales y latifundios.

De esta forma, la banca dejará de responder a unos intereses privados y pasará a responder a los intereses del pueblo; y la riqueza española servirá a la clase obrera de este país.

Enmarcadas estas medidas en un estado laico que no se someta a un poder extranjero, requiere el fin del Concordato; y la recuperación de la soberanía, con lo que se hace necesaria la salida de la Unión Europea, la OTAN, el Fondo Monetario Internacional y el resto de organismos del imperialismo, constituyéndose una República Socialista Soberana.

Se hace fundamental también adoptar otras medidas, como la nacionalización de la industria farmacéutica: la salud no puede ser un negocio, y el carácter de esta industria en la actualidad supone, en línea con el conjunto del sistema, la lógica del beneficio privado por encima de la necesidad de la clase obrera y los sectores populares, algo que es hoy bien visible.

Podríamos proseguir, dando una ristra de medidas, pero de lo que se trata es, fundamentalmente, de cambiar el carácter de los medios de producción, de que dejen de ser privados para pasar a ser del conjunto del pueblo. Se trata, en suma, de que los miles de millones de beneficios que produce la clase obrera española repercutan en esta, y no en unos pocos, mientras a ella se le sume en la pobreza por una crisis que no ha generado pero las clases dominantes le quieren hacer pagar. Se trata de aquello que temen los centros del poder capitalista: de conquistar la soberanía poniendo fin al Estado burgués.

Los primeros brotes de conciencia

En España, y en toda Europa, surgen movimientos espontáneos, como el 15-M. Son los primeros brotes de conciencia de una generación dormida y ausente de la política durante demasiados años.

Surgen, sin embargo, muchos actores, pues “una parte de la burguesía desea remediar los males sociales con el fin de consolidar la sociedad burguesa”[67]: la crisis económica hace temblar todo el sistema de dominación, por lo cual la burguesía necesita encontrar soluciones cuanto antes.

Entre medio dos partidos hasta ahora hegemónicos que parecen caer, y voces que pretenden arreglar el capitalismo, que “buscan, pues, y en eso son consecuentes, embotar la lucha de clases y conciliar los antagonismos. Continúan soñando con la experimentación de sus utopías sociales; con establecer falansterios aislados, crear colonias interiores en sus países o fundar una pequeña Icaria, edición en dozavo de la nueva Jerusalén. Y para la construcción de todos estos castillos en el aire se ven forzados a apelar a la filantropía de los corazones y de los bolsillos burgueses. Poco a poco van cayendo en la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores descritos más arriba y sólo se distinguen de ellos por una pedantería más sistemática y una fe supersticiosa y fanática en la eficacia milagrosa de su conciencia social”[68].

Es normal que el conjunto de la clase obrera, con un nivel de conciencia bajo no busque más que la solución a los problemas que ayer no tenía, y sin lugar a dudas la izquierda real debe ayudarle, pero no puede quedarse ahí, es necesario orientar toda lucha: hay que luchar contra los desahucios pero no se puede luchar por la división de poderes: luchar contra los desahucios es ayudar a la clase obrera, enseñarle el camino hacia la emancipación; pero luchar por la división de poderes es reforzar el sistema, darle legitimidad y subordinarse al Bloque Dominante, alejando la revolución y manteniendo la barbarie capitalista.

Epílogo

20 de octubre de 2011. Angela Merkel, Canciller de Alemania. Llama por teléfono. Responde, al otro lado, Napolitano, presidente de la República de Italia.

En Italia, Berlusconi es el Primer Ministro desde 1994. Es polémico: su vida personal salta a los medios de comunicación, también tiene redes de información: controla editoriales y televisiones. Tiene tendencias fascistas: no es difícil verle hacer el saludo nazi, a él o a miembros de su gobierno, quienes van en sus listas no esconden su afinidad con esa ideología, e incluso su partido quiere mediante proyecto de ley abolir la prohibición que pesa sobre el fascismo en Italia[69].

Tras dieciséis años en el poder, pese a su influencia e imperio personal, la llamada de Merkel es clara: Italia tiene que hacer más y mayores reformas. Es necesario sustituir a Berlusconi[70].

Lo llaman gobierno técnico. Es un eufemismo para evitar hablar de golpe de estado. Lo cierto es que los italianos tienen un Presidente que no han elegido, que ha sido nombrado por los poderes económicos mundiales a través de Merkel.

En Grecia las presiones son anteriores, pero es días después de la llamada a Napolitano cuando el capital no va a seguir tolerando al gobierno helénico: Papandreu dijo que iba a hacer un referéndum sobre los recortes a aplicar en Grecia -en una maniobra populista, pues hasta la fecha había aplicado ya multitud de medidas-. Entonces la Unión Europea y el capital muestran su auténtico rostro: no hay democracia que valga, aquí mandan los mercados, no se pueden consultar las medidas que hay que tomar[71]. Y entonces la Unión Europea bloquea a Grecia y fuerzan la caída de Papandreu –quien pertenece a una familia que controla Grecia desde hace años-.

El 11 de noviembre es nombrado Papadimos Primer Ministro de Grecia. Lo llaman, también, gobierno técnico. El 13 de noviembre será nombrado Monti en Italia.

De esta forma, la Unión Europea, al igual que los estados burgueses, muestra su auténtico carácter de clase: se toman medidas para que la crisis estructural del capitalismo recaiga sobre la clase obrera. Tanto Monti como Papadimos son hombres del gran capital.

España. Un mes después de la llamada de Merkel a Napolitano. Hay elecciones. Las gana Mariano Rajoy: el PSOE, aquel partido que se transformó de forma definitiva en defensor de los intereses del gran capital en los años setenta, ha gobernado para sus amos y en contra de la clase obrera, adoptando medidas antipopulares. Desgastados ante un electorado que observa la traición, dejan paso al PP para que siga implantando las mismas medidas. Esta democracia está tan bien controlada como la de Cánovas y Sagasta, en la que es una II Restauración Borbónica.

El gobierno de Rajoy obedece a los mismos intereses que el de Zapatero: las elecciones se han adelantado porque hay que agilizar las reformas, y es necesario un nuevo gobierno con legitimidad para llevarlas a cabo. Merkel llama a Rajoy[72], que responderá de la forma adecuada[73]. Además, Luis de Guindos será el ministro de Economía: encargado de la tristemente célebre Lehman Brothers en España[74]. No es casual.

Los países de la Unión Europea carecen de soberanía, es el caso de Grecia, de Italia y, por supuesto, de España. La crisis capitalista lo ha evidenciado, es algo que no pueden ocultar y de lo que la clase obrera, sobre la que recaen las consecuencias de la crisis, se está dando cuenta.

Hoy, todos los países del mundo están sufriendo los ajustes de esta crisis de sobreacumulación del sistema capitalista.

En la actualidad, España, Portugal, Grecia e Italia son los eslabones débiles de la cadena imperialista europea, junto a otros países más pequeños, como Islandia, Irlanda o Chipre, del proyecto franco-alemán, con una Alemania cada vez más fuerte. Pero ninguna economía está a salvo. Naturalmente, la crisis tenía que comenzar a evidenciarse en las economías más frágiles.

¿Cómo se puede salir de la crisis en un sistema que, por limitaciones históricas, no puede sobreponerse? ¿Cuánto tiempo podrá mantener el pacto social el PP? ¿Cuánto tardará el estallido social en llegar a España?

Los límites objetivos del capitalismo están ahí, se hacen evidentes: ¿Habrá algún Partido Comunista capaz de hacer el análisis correcto para elaborar la teoría necesaria y trazar la vía española al socialismo? ¿Dejarán pasar esta oportunidad como la que dejaron pasar durante la Transición?

Si una organización es capaz de hacer el análisis correcto y de dotarse de los mecanismos internos de funcionamiento necesarios, si una organización es históricamente necesaria, está será una herramienta útil para la revolución: ¿Seremos los comunistas españoles capaces de construir esa organización? ¿Seremos, en definitiva, capaces de convertir esta crisis económica en una crisis revolucionaria que suponga el final del capitalismo? ¿O permitiremos que la burguesía española construya un nuevo consenso social que someta a la clase obrera y los sectores populares?

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Público (publico.es)

RTVE (rtve.es)

Tele Sur (telesurtv.net)

Notas

[1] “No obstante, el gobierno castigó a unos cuantos comités del Frente Popular por crímenes cometidos, y el capitán miliciano Luis Bonilla y los dirigentes anarquistas de Vallvidrera y Molins de Llobregat fueron igualmente ejecutados por sus crímenes”, Thomas, Hugh, La guerra civil española, I, Random House Mondadori, edición de DEBOLS!LLO, Barcelona, 3ª edición, 2006, p. 305.

[2] “En la España republicana, la mayoría de las muertes fueron consecuencia de la anarquía, resultado de un colapso nacional, y no obra del Estado, aunque algunos partidos políticos, en algunas ciudades, consintieron las enormidades, y aunque algunos de los responsables últimos ascendieron a posiciones de autoridad”, Thomas, Hugh, op. cit., pp. 306-307.

[3] Como afirmaron las Naciones Unidas “por su origen, su naturaleza, su estructura y su comportamiento general, el régimen franquista es un régimen fascista, a imagen y semejanza de la Alemania nazi de Hitler y de la Italia fascista de Mussolini”, en la Resolución 39 de 12 de diciembre de 1946, disponible en

http://daccess-dds-ny.un.org/doc/RESOLUTION/GEN/NR0/035/99/IMG/NR003599.pdf?OpenElement

[4] “Las condiciones sociales burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, entonces? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas”, Marx y Engels, Obras escogidas. Dos tomos, Akal, Madrid, 1975, pág. 28.

[5] El imperialismo, tal y como lo entendemos hoy, es una fase concreta del desarrollo de la economía capitalista, que se caracteriza por la concentración del capital y la producción en monopolios; la fusión del capital bancario e industrial que crean el capital financiero; la exportación de capitales frente a la exportación de mercancías; la formación de monopolios internacionales y, finalmente, el reparto del mundo entre estos , de forma que no podríamos hablar de imperialismo en los tiempos de Roma, salvo que entendamos, en este contexto, el término como “ocupación consciente, anexión posterior y posible integración de un territorio ajeno con vistas a la explotación de sus recursos humanos y materiales (…) pero de hecho, la ocupación no siempre implicaba anexión y aun menos integración”, Bravo, G., Historia de la Roma antigua, Alianza, Madrid, cuarta reimpresión, 2008, pp. 45-46.

[6] Grossmann, Henryk, La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista, Siglo XXI, México, 1979, p. 7.

[7] Ibídem.

[8] Ibídem.

[9] Ibíd., p. 9.

[10] Marx y Engels, op. cit., p. 23.

[11] Ibíd., p. 25.

[12] Grossmann, Henryk, op. cit., p. 7.

[13]http://www.advancesincleanerproduction.net/third/files/sessoes/6A/5/Eras_JJC%20-%20Paper%20-%206A5.pdf

[14] Ramonet, Ignacio, La crisis del siglo. El fin de una era del capitalismo financiero, Icaria, Barcelona, 2009, p. 12.

[15] De esta forma, se equivocan en su análisis, como ya les ocurriera a otros reformistas clásicos, como Bernstein o Kautsky: “por ello, dentro del debate revisionista no podía llegarse a plantear un efectivo enfrentamiento sobre la teoría del derrumbe económico del capitalismo entre Bernstein y Kautsky, pues ambos habían abandonado en este punto tan importante –en realidad decisivo- la teoría marxiana del derrumbe, quedando la lucha entablada así por puntos de menor importancia, y en parte se reducía a una contienda verbal”. Grossmann, Henryk, op. cit., p. 18.

[16] Ramonet, Ignacio, op. cit., p. 17.

[17] “Algunos critican [del socialismo basado en el marxismo] su pretendido rechazo de la democracia, o le imputan un imaginario desprecio del hombre, lo que les lleva a oponerle un “socialismo de rostro humano” que no es más que un producto nuevo del viejo idealismo utópico, cuando no la máscara de la socialdemocracia”, Jalée, Pierre, El proyecto socialista (aproximación marxista), Anagrama, Barcelona, 1977, p. 177.

[18] Este hecho tampoco es nuevo, y como señala Lenin “traducido al lenguaje común, esto significa: el desarrollo del capitalismo ha llegado a un punto tal, que, aunque la producción mercantil sigue “reinando” como antes y es considerada la base de toda la economía, en realidad se halla ya quebrantada, y las ganancias principales van a parar a los “genios” de las maquinaciones financieras. Estas maquinaciones y estos chanchullos tienen su asiento en la socialización de la producción; pero el inmenso progreso de la humanidad, que ha llegado a esa socialización, beneficia… a los especuladores. Más adelante veremos cómo, “basándose en esto”, la crítica pequeñoburguesa y reaccionaria del imperialismo capitalista sueña con volver atrás, a la competencia “libre”, “pacífica” y “honrada””, Lenin, Obras escogidas, Tomo 1, Editorial Progreso, Moscú, 1961, p. 710.

[19] De esta forma, señalan los intelectuales reformistas que “hay bastante consenso sobre la naturaleza de la crisis financiera como resultado del comportamiento irresponsable de los bancos que creó un problema económico grave al provocar el caos financiero y paralizar la economía como consecuencia de la falta de crédito y, más tarde, el de la deuda pública”, Navarro, Vicenç et al., Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España, Sequitur, 2011, p. 19.

[20] “Marx llega a la conclusión de que es inevitable la transformación de la sociedad capitalista en socialista, apoyándose única y exclusivamente en la ley económica del movimiento de la sociedad moderna”, Grossmann, op. cit., p. 45-46.

[21] Ibíd., p. 16.

[22] Ibíd., p. 88.

[23] Los intelectuales burgueses, como hace Noam Chomsky en el prólogo del libro “Hay alternativas” evitan hablar del capitalismo como un elemento finito: “Estos desarrollos no se deben a leyes de la naturaleza o a leyes económicas o a otras fuerzas impersonales, sino al resultado de decisiones específicas dentro de estructuras institucionales que los favorecen”, Navarro, Vicenç et al., op. cit., pp. 10-11.

[24] Ramonet, Ignacio, op. cit., pp. 34-35.

[25] Ibíd., p. 41.

[26] Navarro, Vicenç et al., op. cit., p. 66.

[27] Ibídem.

[28] Ibídem.

[29] Ibíd., p. 68.

[30] Ibíd., p. 71.

[31] Ibíd., p. 72.

[32] Ibíd., p. 78.

[33] Grossmann, op. cit., p. 19.

[34] Ramonet, Ignacio, op. cit., p. 16.

[35] Tuya, Carlos, La función histórica del Estado y la democracia, Akal, Madrid, 1980, pp. 55-56.

[36] Navarro, Vicenç et al., op. cit., p. 76.

[37] Ramonet, Ignacio, op. cit., p. 46.

[38] Vilar, Pierre, Historia de España, Crítica, Barcelona, 6ª edición, 1978, p. 177.

[39] Cosculluela Montaner, Luis; Manual de Derecho Administrativo, Tomo I, Editorial Aranzadi, Navarra, 16ª edición, 2005, p. 19.

[40] Íbid., p 19.

[41] Íbid.; op. cit., p. 20.

[42] García-Pelayo, Manuel; Las transformaciones del Estado contemporáneo, Alianza, Madrid, 2ª edición, 1985, p. 100.

[43] Sartori, Giovanni, Elementos de teoría política, Alianza, Madrid, 1992, pág. 29.

[44] García-Pelayo, Manuel; op. cit., p. 94.

[45] “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”, Constitución Española de 1978, artículo 1.1.

[46] Garcés, Joan E., Soberanos e intervenidos. Estrategias globales, americanos y españoles, Siglo XXI, Madrid, 3ª edición, 2008, p. XVII-XVIII.

[47] Pues despojado el Estado de su naturaleza, de la dominación, del carácter de clase que posee, no es necesaria revolución alguna, al quedar un ente abstracto, que podría servir a la clase obrera. Ssólo se trataría de cambiar la correlación de fuerzas, el problema son los conservadores controlándolo, y no el Estado capitalista en sí: “el sindicalismo fue un factor importantísimo en la recuperación de la democracia, pero el dominio conservador en el Estado ha limitado en gran medida su influencia”, Navarro, Vicenç et al., op. cit., p. 39.

[48] Y es que los reformistas viven en democracia, olvidando adjetivarla y categorizarla: “España se ha modernizado y se ha democratizado en estos últimos treinta años”, de lo que se desprende que no estamos ante un problema del Estado como instrumento de dominación de la clase burguesa sobre la clase obrera y el campesinado; Navarro, Vicenç et al., op. cit., p. 45.

[49] Carrillo, Santiago, “Eurocomunismo” y Estado, Crítica, Barcelona, 1977, p. 195.

[50] Tuya, Carlos, op. cit., p. 8.

[51] Ibíd., p. 12.

[52] “Al socialismo o casi al socialismo se puede llegar con la Constitución, ya que los artículos del 128 al 131 hablan de la planificación de la economía, del acceso de los trabajadores a los medios de producción, de que el Estado puede tener una banca pública y nacionalizar empresas”, Cayo Lara en Las Palmas, crónica de Canarias Semanal, 10 de octubre del 2011. Disponible en http://vimeo.com/31369891

[53] Tuya, Carlos, op. cit., p, 32.

[54] Ibíd. p, 34.

[55] Grimaldos, Alfredo, La CIA en España, Debate, Barcelona, 2006, p. 39.

[56] Garcés, Joan E., op. cit., pp. 159-160.

[57] Grimaldos, Alfredo, op. cit., p. 38.

[58] Garcés, Joan E., op. cit., p. 163.

[59] Ibíd., p. XIX

[60] Grimaldos, Alfredo, op. cit., p. 141.

[61] Garcés, Joan E., op. cit., p. XX.

[62] Grimaldos, Alfredo, op. cit., p. 152-153.

[63] Garcés, Joan E., op. cit., p. XXVII.

[64] Ibíd., p. 457.

[65] http://www.dailymail.co.uk/news/article-1286480/EU-chief-warns-democracy-disappear-Greece-Spain-Portugal.html

[66] http://www.publico.es/internacional/404556/el-ministro-de-defensa-releva-a-la-cupula-militar-de-grecia

[67] Marx y Engels, op. cit., p. 49.

[68] Ibíd., p. 53.

[69] http://www.elperiodico.com/es/noticias/internacional/partido-berlusconi-quiere-abolir-prohibicion-del-fascismo-italia/963593.shtml

[70] http://www.elmundo.es/elmundo/2011/12/30/internacional/1325254199.html

[71] http://www.telesurtv.net/secciones/noticias/99762-NN/ue-bloqueo-auxilio-economico-a-grecia-a-fin-de-presionar-suspension-de-referendo/

[72] http://www.rtve.es/noticias/20111122/merkel-desea-suerte-exito-rajoy-urge-implementar-reformas/477200.shtml

[73] http://www.cope.es/economia/03-01-12–merkel-apoya-las-medidas–dolorosas-pero-inevitables–adoptadas-por-rajoy-271952-1

[74] http://www.publico.es/espana/413381/luis-de-guindos-la-cara-de-la-caida-de-lehman-brothers-en-espana

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