Izquierda Unida y Podemos: una dialéctica para la transformación socialista

Una reflexión sobre IU y Podemos pensando en la revolución

Escribí hace unos meses un artículo titulado “¿Podemos?[1]”. En el señalaba algunas cuestiones que creo que siguen plenamente vigentes. No obstante, aquel escrito tiene ya casi un año y es anterior a las elecciones europeas, de febrero, y el desarrollo de los acontecimientos requiere nuevas reflexiones sobre el fenómeno Podemos.

Una vez Podemos es una realidad en el Parlamento Europeo, y en la coyuntura actual, podemos afirmar sin lugar a dudas que ha venido para quedarse. En contra de las creencias que señalan que ha tocado techo, lo cierto es que Podemos, como organización de la nueva época histórica que vivimos todavía no sabe el techo que tiene, porque la nueva época aún está configurándose. Negar a Podemos o minusvalorarlo es, en ese sentido, un error que no debería correr Izquierda Unida, porque podría verse superada. Pero que se desconozca su techo y capacidades no significa, tampoco, que haya que volcarse sin condiciones en alianzas con Podemos: representa, esencialmente, el viejo mundo con una nueva vestimenta. Ahora, la cuestión para Izquierda Unida es cómo adaptarse a la nueva realidad y cómo trabajar en ella, y a este respecto, una vez hemos visto cómo ha respondido nuestra clase –ante Podemos y ante la propia Izquierda Unida en el nuevo contexto- trabajar para avanzar hacia el socialismo, construyendo una dirección política que sea capaz de dirigir el movimiento en un sentido revolucionario.

De esta forma, Izquierda Unida, como fuerza de la izquierda transformadora, debe denunciar sistemáticamente todo aquello que Podemos realiza como catch-all party, esto es, como partido al que le vale cualquier cuestión para ganar votos. Ningún partido puede ser un partido atrapalotodo a menos que renuncie a tener una ideología y a expresarla, renuncie a ser portavoz de una determinada clase social o capa social, y renuncie a ser representante de un determinado grupo de interés.

Esto supone, en última instancia, que todo partido atrapalotodo sólo puede tener éxito en la medida en que es un partido de la ideología dominante. Ningún partido puede tener relevancia social sin representar un interés concreto salvo cuando representa los intereses socialmente establecidos. En otras palabras: una organización puede ser relevante defendiendo a una capa concreta –o al conjunto- de la clase trabajadora, en la medida en que dicha capa –o el conjunto- es numerosa o consigue, sin ser hegemónica, tener al menos una capacidad de movilización que la haga visible; o de la burguesía –en el mismo sentido-, o bien puede ser relevante no cuestionando la realidad: diciendo a todo el mundo que sí y teniendo contento a todo el mundo.

Podemos no se sitúa en ningún lugar: Pablo Iglesias dice sobre el Papa: “escuchando al Papa que han puesto me llama la atención estar tan de acuerdo con él”[2], obviando el papel histórico de la Iglesia. Mientras, Teresa Rodríguez señalaba: “escuché atentamente a este Papa hasta que llamó asesinas a las mujeres que abortan. Mis hermanas no son asesinas”[3]. ¿Cuál es la postura de Podemos? La de contentar, en un país católico, a quienes siguen al Papa, pero también a quienes les parece que hay algunas cuestiones en las que este no debería meterse –como es el derecho de las mujeres a decidir-, llegando incluso a abandonar –qué guay queda esto para las/os progres- el escaño.

Recientemente, y a tenor del discurso del rey –a quien llama Jefe de Estado, y que nadie crea que los términos son casuales- Pablo Iglesias decía: “comparto aspectos del diagnóstico del Jefe del Estado pero se equivoca si piensa que los responsables de la crisis nos sacarán de ella”[4], o dicho con otras palabras: españolas/es a quienes os gusta la monarquía, este rey acierta en “aspectos del diagnóstico” pero la solución no son quienes nos metieron en la crisis, la solución no son los partidos tradicionales: la solución soy yo.

Cuando una organización no está dispuesta a enfrentar a los valedores del stato quo, monarquía y poderes fácticos, no puede más que moverse en los márgenes del sistema, cuando no integrándose completamente en el mismo.

En este sentido, es claro que a la clase dominante le interesa mantener el binomio PP-PSOE que tan buenos resultados le ha dado en la II Restauración Borbónica, pero ante la crisis orgánica del capital y la erosión de los partidos históricamente representantes de la ideología dominante necesita nuevas organizaciones. Así es como, pese a todo, Podemos sale en todos los medios, incluso en los deportivos, como Marca[5]. Pablo Iglesias no sale en los medios porque sí. La izquierda siempre ha sabido muy bien que los medios de comunicación responden siempre a unos intereses de clase: nos dicen que Pablo Iglesias da audiencia y da dinero, y eso puede ser cierto, pero si Pablo Iglesias da audiencia es porque dice lo que la gente quiere escuchar, no porque suponga una ruptura con lo establecido. Pablo Iglesias es promocionado por los medios de comunicación porque puede ser promocionado por los medios de comunicación. Los medios de comunicación son una herramienta de control, que si además dan beneficios económicos mejor, pero son, antes que nada, una herramienta de control ideológico.

Naturalmente, la época de la crisis orgánica del capital necesita nuevas formas y nuevos términos para mantener la hegemonía ideológica, como pueden ser denunciar la corrupción y luchar contra ella: así, el problema no es el capitalismo ni la crisis, se intenta dibujar un escenario en el que la crisis es ficticia, producida por unas/os cuantas/os ladronas/es: el sistema no tiene ningún problema en ofrecer unas cuantas cabezas a cambio de su supervivencia.

Y así es como Pablo Iglesias aparece en las televisiones: representando al conjunto de la sociedad, es decir, el mundo –el viejo mundo- existente. Y así es, también, como aparece en la televisión una alternativa política amable, evitando la irrupción de otras organizaciones como Izquierda Unida.

Naturalmente, lo que Izquierda Unida haga o no haga depende de ella misma, pero está dentro de un contexto, y la promoción de Podemos sirve de freno. Que la mafia que hay en algunas federaciones de IU también es un freno y en Madrid hace tiempo que deberían haber rodado cabezas*, que el gobierno al servicio del capital en Andalucía ha sido otro freno, y que la falta de dirección política y de objetivos concretos para la toma del poder y la construcción de una alternativa ideológica y un movimiento popular es un obstáculo enorme, también. Una cosa no quita la otra. Que Izquierda Unida tiene unas bases hastiadas de la dirección, y que está última está ganando el combate frente a la necesaria renovación, y que de seguir así no habrá ni dirección política ni dialéctica posible con Podemos, también es cierto.

Pero volvamos a Podemos: también tiene influencia entre mucha gente que es de izquierda. La gente no vive al margen del mundo y mantener la ideología y la independencia de pensamiento, cuando no hay una dirección revolucionaria, es ciertamente complicado. En este sentido Izquierda Unida no está jugando el papel histórico que correspondería a una organización de la izquierda transformadora, que es desenmascarar a la socialdemocracia: Podemos utiliza como una de sus bazas acusar al resto de organizaciones –incluida Izquierda Unida- de ser régimen del 78, y así ante la siguiente cuestión: “IU tiene un deseo expreso de pactar con Podemos. ¿Comparten esta aspiración?” la respuesta de Juan Carlos Monedero es: “Podemos no va a ser la UCI de ningún partido del régimen del 78. Nos interesa infinitamente menos la unidad de la izquierda que la unidad popular. Para cambiar este país necesitamos construir mayorías. No ser el pegamento de los fragmentos de la izquierda”[6]. ¿Pero hay mayor forma de ser régimen del 78 que no enfrentando a la monarquía abiertamente y compartiendo diagnósticos con el jefe de estado? Podemos es en este sentido régimen del 78, pero el régimen del 78 actualizado a 2015: el régimen del mismo Bloque Dominante.

Sólo el combate ideológico frente a la hegemonía permite la independencia ideológica del Bloque Histórico Subordinado. Enfrentar a Podemos y mostrar sus debilidades, en un contexto de fanatismo hacia Podemos no es fácil, pero es necesario, entre otras cosas porque cuando la clase trabajadora recapacite se preguntará por qué nadie la aviso –aunque no quisiese escuchar-. Así, el papel de Izquierda Unida se difumina y, sin combate ideológico, se convierte en una organización más del tablero político. Claro que, como ya hemos señalado, los problemas en Izquierda Unida son estructurales: el combate por la dirección entre quienes históricamente en un periodo de paz social han controlado la organización y quienes fruto de la nueva coyuntura al fin tienen eco entre la militancia para ganar Izquierda Unida y ponerla al servicio de la clase trabajadora, es brutal. Madrid es sólo la punta del iceberg.

Pero enfrentar a Podemos en lo teórico no quiere decir que haya que considerarlo el enemigo: Podemos permite el acercamiento a las masas, y no se debe renunciar a ello a la ligera. Izquierda Unida debe dirigir el movimiento popular, y en ese sentido debe evaluar constantemente su estado de ánimo. Izquierda Unida no puede creerse más lista que la clase trabajadora a la que dice representar, Izquierda Unida no es nada sin la clase trabajadora, Izquierda Unida tiene que estar junto a la clase trabajadora para construir una nueva hegemonía, que sólo puede partir de la misma clase trabajadora en relación con su dirección política. Y si la clase trabajadora está eclipsada por Podemos, Izquierda Unida tiene que avanzar junto a Podemos, aclarando qué es e intentando abrirle los ojos.

Pongamos un ejemplo práctico: el problema fundamental de Andalucía no es haber estado en el Gobierno. Estar en un gobierno es un hecho, ni bueno ni malo: lo bueno o lo malo es lo que haces estando en el Gobierno. Así, Izquierda Unida podría haber estado denunciando constantemente al PSOE, reclamando otras políticas y todo aquello que le gustaría pero no le dejan hacer –y sí, si en un momento dado lo considera, rompiendo el Gobierno-. No se trata, ya lo sabemos, de gestionar las instituciones de la burguesía, pero mientras no las puedes derrumbar las denuncias y las utilizas en función de tus intereses de clase, no para paliar la podredumbre. El problema no ha sido gobernar con el PSOE: el problema ha sido machacar a la clase trabajadora y los sectores populares, el problema ha sido no criticar sistemáticamente a un partido que es representante de los intereses de la clase dominante por estar gobernando con el, el problema es el miedo a reventar las instituciones de dominación de la burguesía, el problema es el miedo a darle el poder a la clase trabajadora, el problema es funcionar como fuerza de contención social y legitimadora del sistema.

Izquierda Unida no puede dejar a su suerte a la clase trabajadora, esta tiene que ver que IU confía en ella, y tiene que marchar junto a Podemos y reclamar la unidad del conjunto de la clase, pero lo tiene que hacer de forma crítica y desenmascarando cada error de la socialdemocracia, intentando constituirse en referente de la clase trabajadora y construyendo una alternativa de poder para la clase trabajadora… si Izquierda Unida, claro, quiere jugar ese papel, y no ser una organización más…

* Y este artículo está escrito muchos días antes de la dimisión de Tania Sánchez Melero como diputada de IUCM y el abandono de la organización tanto de ella misma como de Jorge García Castaño y demás compañeras/os.

[1] http://diegofarpon.com/podemos/

[2] http://www.eldiario.es/politica/Pablo-Iglesias-Bruselas-IU-Hemiciclo_0_328267561.html

[3] Ibid.

[4] https://twitter.com/Pablo_Iglesias_/status/547853163060277249

[5] A modo de ejemplo: www.marca.com/2014/10/19/baloncesto/seleccion/1413714223.html

[6] http://www.elmundo.es/espana/2014/09/07/540b7a63268e3e1e198b4572.html

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