Autodeterminación y lucha de clases en Catalunya

Hace semanas escribí el texto que ahora publico sobre la lucha de clases y el primero de octubre en Catalunya. El borrador no tuvo el eco deseado, y el texto no recibió el tiempo que hubiese requerido para ser debidamente corregido y ampliado en sus partes más débiles. No obstante, por si fuese de interés para alguien, y por el desarrollo que puedan tener los acontecimientos en Catalunya he considerado adecuado publicarlo.

Sea como sea, y pese a las dudas de la izquierda, el conflicto de clase no puede resolverse mediante acuerdos políticos. Desatadas las fuerzas sociales en Catalunya cien años después del frustrado intento en el Estado español de proclamar la II República en el marco de una huelga general revolucionaria la salida, en la actual coyuntura, dificilmente puede satisfacer al bloque que, hasta la fecha, ha dirigido el proceso de acumulación capitalista en el Estado español.

La historia la escriben los pueblos, con todas las contradicciones que eso supone.

Para las/os marxistas la defensa de los derechos democráticos es incondicional. Siendo, a nuestro entender, el derecho a la autodeterminación un derecho inalienable de los pueblos no podemos sino defender el proceso que se está llevando a cabo en Catalunya, que pretende dar la voz a la sociedad catalana para que decida su futuro.

Este elemento es central y vertebrador: ninguna organización que quiera estar del lado de la mayoría social puede apoyar la legalidad vigente o exigir un referéndum de otra manera. La realidad es concreta, en la realidad no ocurren las abstracciones que a esta organización o a aquella otra le gustaría: la realidad del proceso del primero de octubre es la realidad sobre la que hay que posicionarse, pues es la forma en la que se ha hecho realidad la abstracción del referéndum. Reclamar el respaldo de la legalidad vigente es reclamar la dominación de clase de la oligarquía. Por lo tanto, sólo cabe reclamar que se pueda ejercer de forma efectiva en la realidad concreta el derecho democrático burgués.

Algunas voces piden que el referéndum sea pactado. Algunas voces piden, por lo tanto, que el idealismo se haga realidad. Piden lo imposible. El referéndum, liderado por la clase social que sea liderado, lo que expresa es la lucha de clases. La lucha de clases nunca se puede pactar. Los procesos sociales no se pueden detener. Acaso, pueden paralizarse, pueden abortarse, pero las contradicciones que los desenvuelven volverán a expresarse y, con ellas, el conflicto rebrota una y otra vez. Lo que hoy ocurre en Catalunya es un conflicto de clase que pone de relieve la incapacidad del Bloque dominante para construir un proyecto nacional-popular que englobase al conjunto de la población y centralizase el poder del estado en un único bloque burgués.

El Bloque dominante del Estado español, que nunca ha sido revolucionario y ha permitido la pervivencia de rasgos feudales, no ha logrado unificar el poder político: la industrialización de Catalunya y de Euskal Herria desplazaron el centro de poder –del poder real, del poder económico- a la periferia. La burguesía parasitaria de Madrid, ligada a la burocracia y los poderes del estado ve como la crisis erosiona su base material y hace estallar el conflicto interburgués.

Sabemos, también, que la decisión del futuro de la sociedad catalana no se da en libertad, porque la libertad, en una sociedad burguesa, no existe. La libertad está condicionada por la lucha de clases, a la que nada le es ajeno.

En el caso catalán las fuerzas rupturistas –en tanto en cuanto cuestionan de alguna forma el régimen surgido de la Dictadura franquista- que están dirigiendo el proceso político actual, que debe desembocar en la celebración de un referéndum el primero de octubre, no son las fuerzas de la clase trabajadora. Por lo tanto, en este proceso, en esta pugna entre burguesías, la clase trabajadora catalana juega un papel subordinado.

De esta forma lo que está en juego en Catalunya no es la defensa de los intereses materiales de la mayoría social catalana. Lo que está en juego no es la República socialista y la expropiación de los medios de producción a la burguesía. Sin embargo, en Catalunya está en juego un elemento vertebrador de la opresión a los pueblos del Estado español y, especialmente, la opresión a los pueblos que carecen de estado. Es por ello que no podemos sino estar a favor del pueblo catalán a que celebre su referéndum, tanto por lo que supone la defensa abstracta de la autodeterminación como la concreción en este caso. No encontramos ante la fraccionalización del poder burgués en el Estado español: ante la división de la clase dominante. Naturalmente, la fracción de la oligarquía catalana pretende defender sus intereses de clase pero el hecho es la agudización de las contradicciones del bloque dominante, y las posibilidades revolucionarias que tras ello se esconden.

La impugnación del elemento jurídico-político sobre el cual se sustenta la acumulación capitalista en el Estado español, la Constitución de 1978, es una buena noticia para la clase trabajadora de los conjuntos de pueblos del Estado español y, especialmente, para la clase trabajadora. Bajo la Constitución de 1978 la ciudadanía no existe, porque en las monarquías no existen ciudadanas/os, sino súbditos; bajo la Constitución de 1978 la soberanía nacional no está en el pueblo, porque no fue el pueblo quien modificó el artículo 135; bajo la Constitución de 1978 las fuerzas armadas tienen importantes atribuciones y, sometidas directamente al mando del monarca, carecen de todo control democrático.

Que la Constitución, norma suprema del ordenamiento jurídico español, continuista del franquismo, sea, al fin, cuestionada, es una grata noticia. Es la impugnación por su elemento más débil, el territorial. Para que esta Constitución fuese aprobada todos los chantajes que fueron necesarios se llevaron a cabo contra la clase trabajadora. Para que esta Constitución fuese aprobada seiscientas personas fueron asesinadas entre 1975-1983, durante la idealizada y modélica Transición. Para que esta Constitución fuese aprobada fue necesario desarticular la mayor fuerza política y social que se había opuesto al franquismo, el PCE, así como moldear al PSOE para convertirlo en garantía de continuismo en las cuestiones esenciales para el régimen. Para que esta Constitución fuese aprobada a la clase trabajadora se le inoculó el miedo permanentemente. Derribar la Constitución, derribar los mitos del pasado, derribar los fantasmas del pasado, decir que, pese a que hayan sido necesarios casi cuarenta años aquel pacto se puede hacer pedacitos, es, sin duda, una muestra de que los procesos sociales no se pueden detener de forma artificial y, pese al intento del poder por garantizar el inmovilisimo y prometer un Estado español eterno, la quiebra amenaza al régimen.

Nos gustaría, por supuesto, que lo que desde el Parlament se estuviese impugnando no fuese el derecho a imponer una frontera más a la clase trabajadora. Nosotras/os no hubiésemos elegido nunca ese proceso: a nosotras/os lo que nos gustaría es que desde la clase trabajadora catalana, sustentada en sus representantes de clase en el Parlament, se estuviese debatiendo la ruptura con el modo de producción capitalista y, por tanto, también el necesario derecho a la autodeterminación, aunque no fuese por la implantación de una República catalana, sino por la implantación de una república socialista.

Pero, como ya hemos señalado, la lucha de clases no se sitúa en las coordenadas que nos gustarían a las fuerzas revolucionarias. Nosotras sólo elegimos luchar. No elegimos ni el marco de la lucha de clases, que es heredado del pasado y fruto del proceso histórico, ni los momentos en los que se desatan los distintos procesos sociales. Nosotras no elegimos cuándo pueden cristalizar las posibilidades revolucionarias: no elegimos cuando las condiciones objetivas nos son favorables. Sin embargo, nosotras elegimos luchar. Nosotras intentamos decantar las condiciones subjetivas y mostrar, a nuestra clase y a nuestro pueblo, que el socialismo es una necesidad, que derribar la monarquía y la restauración borbónica con bases fascistas y franquistas no es una opción sino una necesidad, que la expropiación a la minoría social parasita que vive a nuestra costa es lo que nos puede permitir vivir una vida digna.

Nuevamente, sin organización de clase, con el retroceso de la subjetividad de la clase trabajadora, la iniciativa política está en el terreno de la burguesía. Lo señalamos hace tiempo: la incapacidad de las organizaciones políticas de la izquierda para canalizar el movimiento popular que, bajo el nombre de las Marchas de la Dignidad surgió al calor de la crisis y cuestionando ciertos elementos de la estructura del régimen, iba a pasar factura. Iba a pasar factura porque nuestra clase seguiría viviendo bajo el capitalismo y, además, no sólo bajo el capitalismo sino bajo un capitalismo en crisis, lo que acota no sólo su capacidad para reproducir de forma ampliada la tasa de ganancia sino las posibilidades de vivir de la clase trabajadora. Miles de personas han tenido que marchar fuera en busca de un futuro. Miles de personas están sufriendo recortes. El cierre extiende su sombra sobre distintas fábricas de Euskal Herria. La clase trabajadora sigue pagando la crisis del capital.

Además, desactivado el movimiento popular tras no haber encontrado organización para canalizarlo y haber optado por la vía electoralista –y no sólo optando por la vía electoralista, sino simultáneamente dejando la movilización popular a un lado, dejando de ser la clase trabajadora y el movimiento popular sujetos activos para pasar a ser espectadores- el reformismo viraba nuevamente hacia posiciones conservadoras. Las organizaciones son dialécticas, y la presión social hizo que las organizaciones reformistas tuviesen que girar a la izquierda y buscar amparo en las masas. Cuando el movimiento obrero se detuvo, se detuvieron las masas. Entonces la clase trabajadora volvía a estar desamparada: el conflicto de clase no se puede resolver en el marco de lo institucional. Ahí la clase trabajadora no tiene nada que ganar, salvo que logre unas ciertas conquistas en algún aspecto social, económico o político. Sin embargo, institucionalizar algún derecho no es algo que hagan los teóricos representantes de la clase trabajadora, sino el reflejo de la presión social sobre la legislación burguesa.

Por ello, la única garantía de que el primero de octubre puede llevarse a cabo el referéndum es el pueblo. Cuando las contradicciones del bloque dominante se agudizan el pueblo aparece en escena: no hay conflicto en el bloque dominante –conflicto real- en el que la clase trabajadora no juegue un papel u otro.

Y es que, como también hemos dicho en otras ocasiones, vuelve a ser evidente el carácter de la crisis que vivimos así como las consecuencias. Señalamos, hace tiempo, la imposibilidad de que la crisis orgánica del capitalismo fuese resuelta dentro del marco del capitalismo implicaba futuras y mayores tensiones sociales. Todo aquel conflicto social que no se soluciona lo que hace es incubar un estallido mayor. Hoy, la pugna interburguesa en Catalunya se redobla con el fin, por parte de las distintas capas de la burguesía, de dirigir el proceso de acumulación capitalista.

Nosotras/os consideramos que el proceso que está teniendo en Catalunya ofrece enormes enseñanzas a la clase trabajadora. Consideramos que es tarea nuestra clarificar a las masas y a nuestra clase que es lo que está ocurriendo en Catalunya porque, si durante cuarenta años la Constitución de 1978 sometió a los pueblos y a nuestra clase, una vez esta sea cuestionada y, especialmente en el caso de ser derrotada en Catalunya, se puede volver a acelerar el ritmo del proceso histórico, como ocurrió entre 2007 y 2014. Hay veces que parece no ocurrir nada, pero desatadas las fuerzas sociales, incapaz el régimen de contener el conflicto social, puede estallar todo aquello que parecía eterno. Si en Catalunya la Constitución del 78 es derrotada, ¿cuánto tardará el pueblo vasco en impugnarla y buscar, también, su camino hacia la autodeterminación y la independencia? ¿Y cuánto tiempo tardará el pueblo canario?

Sin lugar a dudas, la burguesía está obteniendo importantes enseñanzas del proceso que está teniendo lugar, y quien quiera llevar adelante un proceso como el que hoy tiene lugar en Catalunya tendrá, a buen seguro, nuevas y más difíciles dificultades.

Sin embargo, el actual proceso en Catalunya es la quiebra de la dominación del poder burgués en el Estado español, y concretamente la quiebra de la fracción oligárquica que, hasta la fecha, ha dirigido el proceso de acumulación capitalista.

El proceso que está teniendo en Catalunya ofrece enormes enseñanzas a la clase trabajadora:

En primer lugar, que lo jurídico no puede detener lo político-social. Esto es, que la legislación vigente está destinada a defender unos intereses de clase, los de la alianza de las burguesías española con las burguesías periféricas. La defensa de los intereses materiales de la burguesía española choca, en este momento histórico, con la defensa de los intereses de la burguesía catalana. La superación de los mercados nacionales y la construcción del mercado único europeo debilita la soberanía de las burguesías nacionales y permite que burguesías subordinadas, como la catalana, busquen sus propias cuotas de mercado más allá de las fronteras de los estado-nación que se encuentran en quiebra.

El desarrollo del capitalismo español, subordinado a los intereses de las fracciones dominantes del capital francés y alemán, ya no ofrece una rentabilidad a la burguesía catalana suficiente como para que esta renuncie a la construcción de un proyecto nacional-popular. Todo lo cual se agrava ante la crisis orgánica del capitalismo y la imposibilidad de lograr una salida dentro de los márgenes del capitalismo.

La crisis orgánica del capitalismo, que no es lineal, transita nuevos caminos y sigue agudizando las tensiones sociales que se producen en una sociedad en la que conviven clases con intereses materiales antagónicos o, dicho en otras palabras, en una sociedad en la que conviven dos intereses enfrentados: los de la clase trabajadora que necesita vender su fuerza de trabajo para reproducirse y los de la burguesía, poseedora de los medios de producción y detentadora del capital, que puede vivir sin necesidad de trabajar.

En caso de que el proceso catalán desemboque en una ruptura con el Estado español y la proclamación de la República catalana supondrá un avance para la clase trabajadora catalana, que dejará de ser súbdita de una monarquía para convertirse en ciudadana. Sin embargo, sus problemas materiales no serán resueltos bajo la dominación de la burguesía. La República catalana será el preludio de una lucha aún mayor: la lucha de la clase trabajadora catalana por su emancipación real, la emancipación material.

Cuando surgieron los estado-nación supusieron un avance revolucionario frente al disgregado y débil poder feudal. Unificaron a la clase trabajadora y construyeron un marco jurídico en la que está consiguió, con sangre y muertos, importantes conquistas laborales, económicas, políticas y sociales. Toda la construcción europea que tiene lugar desde que finaliza la II Guerra Mundial y que culmina con la implantación de la moneda única, es un proceso que pretende acabar con la Europa histórica, la de las conquistas de la clase trabajadora: la Europa en la que la clase dominante tuvo que hacer importantes concesiones a la clase trabajadora y al pueblo para contener la explosividad social y mantenerse en el poder.

En la actualidad los estado-nación impugnan las conquistas de la clase trabajadora y, en una correlación de fuerzas que favorece a la burguesía, aseguran la acumulación capitalista y deterioran y pauperizan las condiciones de vida de la clase trabajadora. Por eso no podemos considerar un retraso que el estado-nación se fragmente, aunque también se divida la clase trabajadora.

En segundo lugar, la actualidad muestra cómo todos los mecanismos del estado, lejos de, al menos ser benévolos con un derecho democrático como es el derecho a la autodeterminación, defienden incondicionalmente los intereses de la clase dominante.

Es apremiante, por lo tanto, la construcción de la organización de las/os comunistas y la reunificación de las organizaciones que se reclaman del marxismo-leninismo desde la ruptura con el pasado y las viejas divisiones ideológicas sobre la base del debate sincero y la asunción de los errores que se cometieron en el pasado. Algo que también es apremiante en Euskal Herria, así como en el Estado español.

La falta de una organización de clase que sitúe como posible y como necesaria la dictadura del proletariado y, por tanto la ruptura con la burguesía y sus formas de dominación, no subordine los intereses de la clase trabajadora a la construcción de un nuevo marco de explotación burgués es apremiante.

Nos desmarcamos de todas aquellas organizaciones que reclaman, primero, la independencia, para después poder construir el socialismo. Hemos de considerar, al contrario, que de lo que se trata para la mayoría social catalana es de independizarse de la burguesía, sea esta catalana o española. Lo que hoy proponen amplios sectores de la autodenominada izquierda no es sino hacerle el juego a la burguesía y mantener en la opresión y explotación, bajo nuevas formas, a la clase trabajadora catalana.

La falsa resolución del conflicto social, del conflicto de clase, en Catalunya, no hace sino aplazar el conflicto real, el conflicto material. Sienta, por lo tanto, las bases de una futura y mayor explosividad social. Eso sí: la clase trabajadora catalana tendrá que derrotar un gobierno burgués. La clase trabajadora catalana tendrá que derrotar un gobierno de clase, y no una institución feudal como es la monarquía.

En tercer lugar, la maquinaria propagandística burguesa no puede ocultar, en estos momentos, su carácter de clase. Las mentiras que hoy vierten sobre Catalunya son las que antes vertían sobre sectores en lucha, fuesen controladores aéreos o estibadores o el conjunto de la clase enfrentando la realidad mediante huelgas, ya fuesen sectoriales o generales.

Son, también, los mismos medios de comunicación que defienden los intereses de quienes los poseen y que están enfrentados a los pueblos que luchan por romper las cadenas imperialistas. Son los medios de comunicación que día a día mienten sobre Cuba y Corea del Norte, sobre Venezuela y Bolivia, sobre Ecuador y Palestina. Los medios de comunicación que hoy defienden los intereses de España son los medios de comunicación que siempre han hecho que la clase trabajadora de los conjuntos de pueblos del Estado español se enfrentasen entre sí y se enfrentasen a los pueblos que luchan por su libertad.

La clase trabajadora debe aprender a desconfiar de los medios de comunicación de masas.

En cuarto lugar, se hace visible como las fuerzas reformistas no pueden estar nunca del lado de la mayoría social y son las que, en última instancia, cumplen el papel histórico de disciplinar a la clase trabajadora.

Lo que estos días hacen las fuerzas reformistas sometidas a la burguesía española es trágico y las invalida para defender los intereses de la mayoría social catalana. Que las fuerzas reformistas sometidas a la burguesía vasca no actúen de igual manera lo único que indica es que la pugna queda en el terreno de la burguesía: esas organizaciones tampoco están reclamando el socialismo en la República catalana. Que la clase trabajadora vasca no se confunda: el reformismo vasco tampoco puede ofrecer a la clase trabajadora vasca ningún proyecto para su emancipación, aunque puedan serle muy útiles a la burguesía vasca en su pugna con la burguesía española.

Por otro lado hay que denunciar a todas aquellas fuerzas políticas que, ante la disyuntiva que ofrece el proceso catalán se sitúan, con unas u otras excusas, del lado del orden y de la ley, del lado del régimen vigente. Sin embargo, aquí también nos queremos distanciar de otras críticas que han tenido lugar estos días. Nosotras/os nunca vamos a criticar al reformismo por coincidir con las fuerzas conservadoras. Nos parece populista y malintencionado, y además que puede confundir a la clase trabajadora.

Con motivo del Brexit coincidieron, también, fuerzas conservadoras y fuerzas revolucionarias, sin embargo, la coincidencia en la formalidad, en la apariencia, nunca puede ocultar las enormes diferencias que había en el fondo: mientras las fuerzas conservadoras buscaban un mejor marco para mantener su tasa de ganancia y garantizar la reproducción ampliada del capital las fuerzas de la izquierda pretendían romper con las imposiciones europeas y enmarcaban el Brexit en el camino de la lucha por el poder obrero. Nuestra crítica a la izquierda reformista, por tanto, no es por coincidir más o menos con posturas de las fuerzas conservadoras, sino por el proyecto político que ofrecen y que en este caso no es más que el sometimiento y la subordinación al régimen burgués del 78. Las fuerzas reformistas del Estado español, Catalunya y Euskal Herria son incapaces de construir un proyecto para las clases trabajadoras porque su integración en las estructuras del estado y su composición de clase las inhabilita para luchar descarnadamente por el poder obrero.

En quinto lugar el proceso catalán pone de manifiesto aquello que las fuerzas bolcheviques siempre hemos señalado: las tensiones sociales no se pueden resolver mediante acuerdos políticos tomados por arriba. La solución planteada por el régimen en 1978 de crear 17 comunidades autónomas para negar el hecho diferencial de Euskal Herria, Països Catalans y Galiza, no podía sostenerse mucho tiempo. La incapacidad del sistema para integrar a la izquierda abertzale lo puso de manifiesto. Y, cuando finalmente esta fue cooptada por el estado y desmembrada como herramienta válida para el pueblo trabajador vasco el conflicto estalló en la otra región en la que el hecho nacional era, también, extremadamente sensible.

La Constitución de 1978 permitió emprender el proceso de liberalización económica, privatizaciones y desmantelamiento de las conquistas que, pese a la dictadura, había logrado la clase trabajadora. La superestructura se puso a trabajar para legitimar el régimen de dominación de las distintas burguesías y mientras el capitalismo gozó de buena salud la superestructura cumplió a la perfección su papel. Sin embargo, tan pronto estalló la crisis orgánica del capitalismo la superestructura comenzó a mostrar sus límites.

La impugnación del régimen de 1978 por parte de la clase trabajadora y del pueblo fue evidente, así como el papel del reformismo para encauzar el movimiento dentro del marco institucional. Es, por ello, importante que en esta ocasión ese marco sea, al fin, superado, para poder movilizar no para pedir que se cumplan ciertos derechos o situar las esperanzas en que el sistema funcione, sino para impugnar el modo de producción y el sistema político, ideológico y jurídico que lo legitima.

Finalmente hemos de señalar un hecho que ya hemos puesto de manifiesto en anteriores ocasiones: la crisis orgánica del capitalismo es una crisis del capitalismo, no de ningún estado en particular, sino de la economía mundial y de la economía de todos y de cada uno de los estados que se rigen por la ley del valor. Es por ello que es imposible que la República catalana o la República de Euskal Herria o la República vasca –como se quiera llamar- puedan dar una salida favorable a la clase trabajadora, al igual que es imposible que den una salida favorable a la clase trabajadora el Ecuador, Bolivia o incluso Venezuela, porque son todas economías capitalistas. Procesos latinoamericanos antiimperialistas –muchas veces más en el terreno de la retórica que en el de la economía- pero dependientes del capitalismo y que, por tanto, sufren la crisis del capitalismo mundial.

Por lo tanto, situar la problemática de la crisis en el Partido Popular o en el Partido Nacionalista Vasco, o en el Estado español, como si Catalunya o Euskal Herria independientes fuesen a poder garantizar el pleno empleo y satisfacer las necesidades de la clase trabajadora es mentir y crear falsas ilusiones a la clase trabajadora. La clase trabajadora no tiene patria. Al menos, no tiene patria burguesa. Sólo el poder obrero, la emancipación de la clase trabajadora, la dictadura del proletariado, pueden acabar con la vida de miseria y explotación, sólo ahí puede haber una salida digna para la clase trabajadora y el pueblo.

 

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